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"Estoy embarazada"

Beatriz Fernández Moya.


Como en un partido de tenis, las dos palabras rebotaban en las paredes del cada vez más pequeño y asfixiante salón. ESTOY EMBARAZADA. Muerte súbita. Acababan de perder todos los puntos.
Las profundas pupilas de Alejandra seguían clavadas en él. De repente se dio cuenta de todo lo que había cambiado: la adolescente de sonrisa cálida y ojos despiertos había hecho las maletas para reunirse con la niñez en el paraíso de las edades pasadas, y en su lugar había una joven mujer de mirada adulta y cuerpo menudo. Iba a tenerlo. No buscaba ni su permiso ni su aprobación. No quería ayuda. Solo que lo supiese, porque toda la culpa era de ella.
Apartó la mirada. En sus ojos se veía con contundente realidad, sin condescendencia ni piedad, con desprecio. No había lanza que romper a favor de los tiempos pasados. Los recuerdos estaban enterrados bajo un vertedero de botellas de vino a medio beber. La culpa era toda de ella. Sin excusas, sin trampa ni cartón, sin mal perder.
Hacía una decena de años que la madre de Alejandra había muerto. Ella pasó a ser la niñera de su padre, raptado voluntariamente y de manera permanente por el alcohol. Aun así, era más de lo que su cansado y confuso cerebro podía soportar; necesitaba un trago.
Alejandra le pasó la botella, pero antes de que sus dedos rozasen el vidrio, la dejó caer al suelo. Rota ella, roto él en mil pedazos, rota la botella. Las lágrimas de ambos se mezclaron con las lágrimas del vino y se esparcieron como sangre por el suelo del menguante salón. Cambiar o marcharse, esa era la cuestión.
Abrazó a su hija mientras su mente calculaba, con sorprendente agilidad, el número de tragos que necesitaría para asimilar la nueva situación.

"Chaqueteros"

Beatriz Fernández Moya.


Octubre ha transformado “Las Encinas” en una urbanización de piscinas vacías, parques sin niños, calles sin coches y gatos solitarios.
Las familias que tanto colorido, fiesta y escándalo provocan en los meses estivales, con el otoño han vuelto a sus diminutos pisos sevillanos. ¡Chaqueteros!... Los pocos que quedamos haremos piña en los meses de frío, nos mantendremos unidos para darnos calor. En realidad, no. Cada uno permanecerá en su casa por miedo a que las bajas temperaturas sean contagiosas y lleguen a fabricar un nido en nuestro corazón.
 

"Para siempre"

Beatriz Fernández Moya.



El 18 de agosto pidió por primera y última vez que le pusieran morfina. Su muerte fue rápida, no distinta de otra cualquiera. Un segundo antes roncaba suavemente y al segundo siguiente, silencio. Un amargo silencio. Pero su agonía había sido eterna. Cinco meses de largas estancias hospitalarias, de las que siempre volvía a casa con un órgano menos y una sonrisa más cansada. Todos queríamos que se aferrase a la vida, que luchase con todas sus fuerzas, hasta el final, pero ella había comprendido lo que nos negábamos a ver, que la muerte es solo el paso necesario para liberarnos de las limitaciones del cuerpo. Para siempre.

"Fin de la historia"

Beatriz Fernández Moya.



Una cara sin nombre. Un rostro desconocido.
Alzó las cejas en una sincronización perfecta con su mano derecha y esperó. Me detuve, subió y me indicó una dirección. Al instante, como tantas otras veces, me sentí títere y, sumiso, conduje hacia un lugar que no representaba para mí más que un beneficio económico. No habló durante el camino y respeté su silencio. No le cogí cariño, ni sentí un gran vacío cuando lo dejé frente a las puertas de uno de los hoteles más lujosos de la capital. Me ofreció una generosa propina, la suficiente para comprarle un modesto ramo de flores a mi mujer. Nos dimos las gracias mutuamente, con un asentimiento mudo y nos dijimos adiós.
Fin del trayecto. Fin de la historia.

"Ama y haz lo que quieras"

Beatriz Fernández Moya.


Si yo fuera tú, claramente, haría las cosas de otra manera.
¿La quieres? Pues demuéstraselo. ¿La echas de menos? Pues díselo. ¿Tienes algo importante que contarle? Pues suéltalo. No esperes a que ella te lo tenga que sacar con cuentagotas.
¿Estás contento? Pues contágiala de tu alegría. ¿El día ha sido demasiado largo? Pues házselo saber. ¿No compartes su opinión? Pues cuéntale por qué. ¿Estás enfadado? Pues respira hondo y pídele que te de un abrazo. Después siéntate y habla con ella. No pierdas el control, no le levantes la voz, no le faltes al respeto. Perderás la razón en el momento que lo hagas y el problema, por nimio que fuera, se hará gigante. Pide perdón. Perdona. Y empieza de nuevo.
Ama, y haz lo que quieras.

"El banquero nos ha quitado la casa"

Beatriz Fernández Moya.


El banquero nos ha quitado la casa. Nuestra casa... Suya, según él.
Pero, ¿de quién son las fotos que cuelgan de las paredes del salón? ¿De quién los juguetes esparcidos por el suelo de la sala de estar? ¿De quién los apuntes que cubren la mesa del estudio? ¿De quién el cepillo de dientes que pende cerca del lavabo, junto a las toallas? ¿De quién la nevera medio vacía o las medicinas del botiquín? ¿De quién la familia que ha habitado siempre en esta casa?
Da lo mismo; la pregunta que importa en este tipo de situaciones es siempre la misma: ¿De quién es el dinero que la pagó?... Pues eso, del banco.

"Uno más uno"

Beatriz Fernández Moya.



<<Hija, a veces, la vida es doblemente injusta>>, me dijiste entonces, <<te quita lo que más quieres y no te da la posibilidad de luchar para recuperarlo>>. Ahora te observo mientras las luces de la televisión te iluminan con intermitentes flashes, y aprendo a conocer todo lo que nunca me has contado de ti.
Sé que la mayor parte del tiempo evitas mirarlos, porque cuando lo haces te hipnotizan de tal manera que las horas pasan y, al cabo de un rato, te encuentras con la vista fija en la oscuridad. Mientras tanto cavilas, recuerdas, acaso buscas una explicación. Pero no la hay y ambos lo sabemos. La vida es caprichosa; tiene en sus manos el poder de satisfacer todos sus antojos.
Puede que la última vez que habláramos fuera en su funeral. Tal vez porque ya no nos queda nada que decir. El hueco que ambos tenemos en el pecho no se puede llenar con palabras.
Creo que hasta entonces había tenido claro el concepto de uno más uno. Pero pasa el tiempo y, cuanto más te observo, menos capaz me veo de entenderlo. Día a día he comprobado que para ti uno más uno representa un dolor infinito, que se atenúa a ratos pero nunca desaparece. Uno más uno representa una carga mucho más grande del doble de la que solías llevar. Uno más uno es igual a soledad. Uno más uno significa que portas dos alianzas en el dedo, la tuya y la suya, y que tu amor por ella durará mucho más de lo que la muerte ha tardado en separaros. Y te admiro por ello.
 

"Llueve sobre mojado"

Beatriz Fernández Moya.



Hoy, igual que ayer, que antes de ayer y que todos los días que alcanzo a recordar, llueve sobre mojado. Por eso, he salido de casa sin paraguas y con unas chanclas de colores, que en sus tiras llevan grabado un “I love summer”.
He pisado todos los charcos que me he encontrado en el camino y he llegado a tu casa empapada pero sonriendo. He dado cinco timbrazos, imitando la musiquilla de los anuncios de McDonalds, y me he sentado en el escalón a esperarte.
Has tardado en abrir, pero eso da lo mismo aunque llevo demasiado tiempo calada hasta los huesos. No te dado un beso, simplemente te he devuelto tu sudadera de Oxford, la que me regalaste hace millones de años y que usaba para dormir. Me resulta ridículo que, en algún momento, llegara a pensar que tenerla tan cerca me ayudaría a soñar contigo.
Tus ojos ofrecen una explicación, pero tus labios permanecen sellados. Lo sabes: tú no puedes cambiar y yo ya he gastado las setenta veces siete oportunidades que tenía para ofrecerte.
 

"Óxido"

Beatriz Fernández Moya.



Como en una habitación abandonada, cerrada a cal y canto, en la que el polvo se había hecho dueño y señor de todas las superficies horizontales. Como un pequeño barco pesquero, hundido a los pies de cualquier acantilado, y abrazado por empalagosas algas. Como el engranaje oxidado de una bicicleta cuyo dueño alcanzó, más temprano que tarde, la edad de los automóviles... Sus ideas permanecían ocultas tras una opaca película protectora de melancolía.
Tenía en sus manos un puñado de hojas. La primera estaba en blanco, pero la segunda -en la esquina inferior- tenía un pequeño dibujo: el engranaje de una bicicleta. Todas las demás páginas ofrecían un pequeño croquis en la misma zona. Conforme avanzaban, el engranaje viajaba por el mundo marino hasta colocarse en el interior del motor de un barco que se ponía en marcha, como si lo hubiera estado esperando para poder zarpar. El barco viajaba a través del tiempo y del espacio, y conseguía transportar la alegría, la pureza y el color del mar hasta una habitación en la que el polvo no tuvo más remedio que huir por donde había venido. Los muebles, al fin, mostraron toda su belleza.
El pintor despertó. La película que cegaba sus ojos había desaparecido. Aunque no había salido el sol, empezó a preparar su paleta de colores y colocó en el caballete un lienzo en blanco.

"No más que mil palabras"

Beatriz Fernández Moya.



Una imagen no vale más que mil palabras. Ni menos.


Las palabras y las imágenes son entes tan distintos que es imposible situarlos en el mismo plano comparativo. A nadie se le ocurriría decir que una naranja es mucho más valiosa que mil neumáticos, que un tenedor vale más que mil hipopótamos o que una canción tiene más valor que mil piscinas, pues le tomarían por loco. Además, en el hipotético caso de que aceptáramos que las imágenes valen más que las palabras, estaríamos poniendo a todos los artistas plásticos y sus respectivos trabajos -sean buenos o no- por encima de todos los brillantes escritores, nacidos y por nacer, y sus colecciones de novelas, ensayos y colecciones de versos. Si alguno levantara la cabeza, otro gallo cantaría...



Las palabras y las imágenes nos inducen sentimientos, nos pueden hacer llorar, reír, soñar, desear... A veces nos mienten, con verdades a medias, en forma de palabras escogidas para dañar, o de imágenes que dejan mucho espacio a la imaginación. La mayoría de las veces se encargan de traducir y representar nuestros pensamientos, de expresar nuestras ideas. A veces una sola palabra nos evoca multitud de imágenes y recuerdos. A veces una imagen clarifica lo que no somos capaces de expresar con palabras. Por tanto, la palabra es el complemento perfecto de la imagen y viceversa, es su media naranja, su “ni contigo ni sin ti”. La palabra y la imagen son el matrimonio perfecto, un matrimonio en términos de igualdad. Así que, por favor, dejen de emplear esa tópica frase, que sólo crea conflictos innecesarios.

"No puedo"

Beatriz Fernández Moya.


No puedo escribirte, porque no queda tinta en el cartucho de mi impresora a color. No puedo ir a comprar un recambio, porque es domingo y los empleados no suelen trabajar por gusto en su único día de descanso. No puedo coger un autobús que me lleve a un lugar donde sea sábado, porque todos los caminos me conducen a ti. No puedo no estar a tu lado.
No puedo decirte que te quiero tanto que no puedo decírtelo. No puedo llegar al portal de tu casa y enmudecer. No puedo pedirte que me ames porque no puedo hacerte en todo momento feliz. No puedo estar a tu altura. No puedo ser como te mereces porque no puedo ser como no soy. No puedo luchar por conseguirte, porque no puedo conseguirte y perseguir mas metas. No puedo soñarte ni hacerte realidad.
No puedo hacerte feliz, porque la línea de tu felicidad discurre perpendicular a la mía, y aquel momento en que se cruzaron está cada vez más lejano en el tiempo. No puedo revivir ese recuerdo, porque es tan dulce que me empalaga hasta su propia mención. No puedo hacerme a la idea de no recordar el color exacto de tus ojos, el olor de tu perfume o el tacto de tu mejilla. No puedo abrazarte porque tu olor se confundiría con el de mi colonia, y la suavidad de tus pómulos es esfumaría entre mis manos ásperas. No puedo besarte porque, por un instante, se apagaría la luz de tus ojos y mi corazón moriría congelado, en completa oscuridad.
No puedo ir a nuestra primera cita; al verme sentirías una profunda decepción. No puedo permitir que sepas que tu admirador secreto soy yo. No puedo llamarte para cancelarla, porque me asusta que lo que tengo que decir, te entristezca.
No puedo reconciliarme contigo porque nunca nos hemos enfadado. No puedo echarte de menos si no estás. No puedo escribirte una carta porque no queda tinta en el cartucho de mi impresora a color.
 

"Rojo"

Beatriz Fernández Moya.



No era más que una mancha escarlata que se extendía sobre una superficie de un blanco perlado. De mi vientre brotaba el rojo, un rojo espeso, doloroso, infeccioso y consumidor. Un rojo que dolía mirar. Un rojo hipnotizante. Un rojo que me subía a los ojos y me hacía ver todas las cosas de color rojo. Un rojo antiguo, como el de las cortinas de terciopelo de los teatros barrocos, pero a la vez un rojo nuevo, como el que mana de una herida recién abierta. Un rojo que arrasaba con rojo, un rojo devastador.
En mi mente solo cabía el rojo, y mis ideas de vivos y variados colores habían escapado para rebotar, cual enjambre de insectos, sobre las paredes del iglú. Mis manos estaban rojas y mi corazón empezaba a sentir la falta de rojo en su interior.
Rápidamente, como un relámpago en un cielo tormentoso, el rojo terminó de comerse al indefenso blanco, y derritió por completo las paredes de mi guarida. Mis coloreadas ideas se dispersaron en la negrura de la noche y mi último aliento se escapó con ellas. Mi cuerpo, ahora de color burdeos, quedó a la intemperie para deleite de los carnívoros del Ártico.

"El arte"

Beatriz Fernández Moya.



El arte se crea, pero no se destruye sino que se transforma. Algo tan cotidiano como una vivienda, un hogar romano de hace dos mil años, por ejemplo, es ahora motivo de admiración para la mayoría de nosotros. Poco importa que el paso del tiempo lo haya convertido en ruinas.
El arte es el instrumento con el que el ser humano consigue materializar sus ideas. Es arte lo que modelamos con las manos. Es arte lo que conseguimos plasmar en un lienzo con la mezcla de una paleta de colores. Son arte las palabras de un escritor o los versos de un poeta. Es arte cada nota musical que sale de una guitarra, de un piano o de un saxofón. Es arte cada pequeño detalle que conseguimos captar en una fotografía.
El arte es personal e intransferible. Nunca debemos subestimar, ni juzgar, la capacidad para el arte de otra persona, porque nunca sabremos si aquel cuadro que nos parece ridículo, trata de expresar una idea tan compleja que no somos capaces de entenderla. Tal vez llegue un día en que ese cuadro nos sirva de consuelo, de inspiración, nos abra los ojos o nos haga sonreír.
El arte es vida. Y cada situación por la que podamos pasar ha tenido para otros -y tendrá para nosotros- cabida en el arte. Por eso el arte, es sobre todo, esperanza.

"Pañuelo de brillantes colores"

Beatriz Fernández Moya.


Llevaba dos semanas sin verla.
Cada minuto de cada hora de sol desde mi última visita, yo había estado ocupada con complicados cálculos y teoremas que mi mente se había negado a comprender durante los meses lectivos. Dos semanas, un lapso de tiempo que a mí me resultó insuficiente para aprehender las bases de la mecánica, pero que a ella consiguió consumirla casi por completo.
Nunca había reparado en la importancia que el pelo tiene en las personas, hasta que la vi despojada de él. Cubría su cabeza con un pañuelo de brillantes colores que, sin embargo, no transmitía ningún tipo de alegría. Me pareció un pedazo de tela que estaba siendo usado para ocultar y que, sin embargo, no hacía más que evidenciar el avanzado estado de su enfermedad.
La realidad me golpeó contundentemente en el estómago, y por unos segundos me quedé sin respiración. Mi cerebro, que tan ciego había estado durante los últimos meses para comprender teoremas, entendió al segundo aquella situación: en el tablero quedaban, a lo sumo, un par de peones blancos protegiendo a su Rey; el jaque mate del jugador de las negras era inminente. No podíamos ganar, y cuando la miré a los ojos supe que, además, ella se había rendido.
Solo cabía esperar a que el cáncer decidiera, de una vez por todas, terminar la partida.

"Amor"

Beatriz Fernández Moya.


El amor no entiende de épocas, ni de edades ni de tiempo. Ni se crea ni se destruye. El amor nace y, en el fondo, nunca muere. Si alguna vez desaparece, se debe a que nunca llegó a existir, porque el verdadero amor nunca termina, solo se transforma en algo mucho más fuerte o mucho más débil, dependiendo de nuestras circunstancias. El amor está en la generosidad, en la entrega, en la fidelidad, en la felicidad y hasta en la tristeza, porque solo se siente triste aquel que percibe falta de amor.
El amor es un concepto imposible de explicar, y que solo puede entender el que lo experimenta. El amor es querer a otra persona más que a uno mismo, es darlo todo sin temer ni un segundo. Es invertir en felicidad, es apostar por un futuro mejor para nosotros y para la persona a la que amamos. El que se siente de verdad querido, no puede sentirse infeliz.
El amor está en todas partes y todas las acciones que realizamos están compuestas de amor. El amor forma parte de las sonrisas, de los abrazos y de los besos de despedida. El amor es una concatenación de opuestos, porque cambia de cero a cien en un segundo. Puede ser amargo o dulce, dejado o sobreprotector, meditabundo o impulsivo, lento o veloz, tierno o salvaje, porque nunca sabemos cómo llegaremos a actuar cuando le ocurre algo a la persona por la que seriamos capaces de dar nuestra vida entera.

"Odio los hospitales"

Beatriz Fernández Moya.



Los odio porque en algunas salas huele a muerte, un hedor que se mete muy dentro en los pulmones y te agarra el corazón, como una losa de piedra que se hunde en el océano. Los odio por el olor a comida de régimen que ni alimenta ni llena el estomago. Los odio por la tenue luz de las habitaciones compartidas, donde al que le toca la ventana suele correr la cortina que separa ambas camas, dejando al compañero en la penumbra de los armarios. Odio la luminosidad artificial de los pasillos, dependiente de un puñado de flexos y no de los cálidos rayos de sol, que no pueden penetrar a través de las inexistentes ventanas. Odio las medias sonrisas de los visitantes, que necesariamente se crean una careta de alegría que oculta su verdadero sentimiento ante el familiar enfermo. Odio que haga falta una tarjeta para poder subir a las habitaciones de los enfermos. Odio que la compañía esté racionada, como el pan en épocas de hambruna. Odio a los celadores quisquillosos que no entienden nuestro deseo de pasar las horas junto a los enfermos, pues nos exigen el pase como si fuera la entrada para un espectáculo caro.

Odio las vías intravenosas porque las agujas me hacen perder el sentido. Odio los medicamentos que tardan mucho en curar el cuerpo y no pueden nada contra las enfermedades del alma. Odio las camas con sus barreras que te obligan a hacer contorsionismo cuando quieres besar al enfermo. Odio los sillones junto a los cabeceros, pues sentencian noches de incómoda vigilia. Odio las salas de espera y los partes médicos por la intranquilidad que generan en los que aguardan. Odio el café de las máquinas de los pasillos, que no eleva el espíritu ni en los días de lluvia.
 

Pero amo a la persona que está dormida en la cama. Por ella todos mis odios se vuelven insignificantes, sin sentido, como un grano de arena a la sombra de una gran montaña. Por ella merece la pena hasta pasar semanas enteras en un hospital.

"Mi capacidad de aprobar"

Beatriz Fernández Moya.




Esta mañana mi capacidad de aprobar ha hecho la maleta y me ha dicho adiós. Se ha marchado temprano, mientras los demás dormían, para que nadie notara su ausencia, pero yo me he despertado como si me faltara el aire en el momento preciso en el que mi capacidad de aprobar cruzaba el umbral de la puerta para nunca regresar. Su partida me ha dejado tan sorprendida que no he podido suplicarle que se quedara ni salir corriendo detrás de ella. No tengo su teléfono y no sé adónde ha podido ir. Y hoy tengo examen. Y la necesito. Así que voy en su búsqueda.
Me he recorrido todos los tablones de la facultad, y todas las aulas en las que he hecho alguna vez un examen, lugares en los que mi capacidad de aprobar estuvo conmigo dándome ánimos y susurrándome las respuestas correctas al oído, lugares en los que lloramos juntas y en los que nos abrazamos intensamente, llenas de alegría. Pero no la he encontrado, así que he tenido que entrar sin acompañante, cabizbaja y triste, como una mujer embarazada que acude sola a una ecografía porque su marido tiene obsesión por su trabajo.
El examen era de tipo test, pero lo llevaba bien preparado y no he tenido grandes dificultades. Incluso me ha dado tiempo de quedarme embobada mirando fijamente la puerta, esperando que en cualquier momento, mi capacidad de aprobar apareciera con una sonrisa en los labios, para ayudarme, como si nada hubiera pasado. Pero cuando el profesor me ha retirado el examen de las manos, ella aún no había aparecido. <<Las notas saldrán esta misma tarde>>.
Mi móvil vibra anunciando la llegada de un nuevo mensaje. <<Has aprobado>>. Sonrío, pero no puedo evitar pensar que no voy a compartir mi triunfo con quien de verdad quisiera. Alguien me da un suave golpecito en el hombro. Se que es ella y, sin detenerme a mirar, la abrazo fuertemente mientras me susurra al oído: <<Nunca me has necesitado. Tú sola puedes. Ten fe en ti>>.

"Entra sin miedo"

Beatriz Fernández Moya.



Pasa, pasa sin miedo. La puerta está abierta, pero ciérrala al entrar, no quiero que nadie nos moleste. Respira hondo. ¿Lo hueles...? Es azahar, el perfume de Sevilla en primavera. Vuelve a coger aire, retén el olor en la punta de la nariz y déjalo bajar lentamente hasta los pulmones. ¿Lo identificas...? Son las magdalenas con pepitas de chocolate que se están haciendo en el horno, un toque fresco de hierba recién cortada que entra por la ventana, una pizca de tierra mojada después de una lluvia corta pero intensa, madera de roble consumiéndose en la chimenea, helado de chocolate en una cálida tarde de verano y perfume de orquídeas, el tradicional regalo de mi padre a mi madre en el día de su aniversario.
Siéntate donde puedas: en la cama, en la alfombra, entre los cojines o al cobijo de mi oso de peluche gigante. No tengas miedo de estropear nada. Todo se puede tocar. Siente la suavidad de la seda del vestido de boda de mi madre bajo las yemas de tus dedos, o la áspera barba de mi padre, la frialdad del cuero de mi chaqueta preferida o la grama punzante cuando caminas descalza sobre ella.
Observa la diversidad de colores: verde clarito como los pistachos que tanto me gusta comer. Amarillo, cremoso y cálido, como los rayos de sol en primavera. Ropa muy colorida para poder vestir acorde al estado de ánimo: rojo para los momentos alegres, tonos pastel para los días de lluvia, brillantes para las fiestas, negro para el Viernes Santo, turquesa para los días de Feria…
Te dejo que leas mi diario. Te advierto que no es superficial, como esos en los que se cuentan miradas y flirteos con los chicos de clase. Es un libro en el que reflejo los pensamientos que voy teniendo a lo largo del día, razonamientos sobre temas que me preocupan, opiniones tal vez, citas interesantes que voy descubriendo, ideas para nuevos relatos… Hay también algunas fotos, la mayoría de la familia y de los amigos en celebraciones de cumpleaños, tardes tranquilas en el parque o junto al río. En todas ellas la gente se lo pasa bien. En la última página encontrarás una lista de las cosas que quiero hacer en el futuro y podrás darte cuenta de que la hoja está a rebosar y he tenido que empezar a escribir en la contraportada.
El la estantería hay algunos CDs de tiempos pasados y alguna que otra comedia romántica de las que me han hecho llorar porque soy una idealista y, sobretodo, porque creo en el amor. Por cada chica que confía en el amor hay un hombre bueno que muchos pueden llamar príncipe azul, destinado a hacerla feliz. El problema no es que ya no existan príncipes azules, es que la chichas ya no confían en el amor. Ni en la familia, otro concepto que cada vez se valora menos. Para mí siempre ha sido, y espero que siga siendo, el mejor abrigo en los días de frío intenso.
¿Ves?... Me pongo a hablar y estaría así todo el día. Yo solo quería decirte que todo esto soy yo. O, mejor dicho, que esto es lo que hay en mi corazón. Y que te lo entrego a ti porque creo que te lo mereces.
Solo espero que sepas cuidarlo.

"Vacía"

Beatriz Fernández Moya.




Mi novio me dejó. Y no se lo reprocho. No se puede amar algo que está vacío. Y yo lo estaba por completo. No tenía nada: nada que ofrecer, nada que aportar, nada que sentir. Vacía metafórica y literalmente. Por no tener, ya no tenía ni lágrimas. La verdad es que me habría encantado que lágrimas no me faltasen, porque parece que la tristeza es más pura si la expresamos llorando. Pero no hay ni un ápice de verdad en ese pensamiento. Las lágrimas son algo que utilizamos para hacer a los demás partícipes de nuestro dolor. Y yo no quería compartirlo con nadie. Era mío, y sólo yo podía entenderlo.
Estaba seca y seco estaba mi corazón. Como uva pasa, arrugado y sin vida, en un estado irreversible de tristeza. En completa soledad, no porque no tuviera nada, sino porque lo único que ansiaba tener estaba completamente fuera de mi alcance. Y no como un libro en el estante más alto de un armario, que en cualquier momento puedes coger ayudándote de una escalera, sino como un pequeño pendiente de plata perdido en la inmensidad del océano. Jamás volvería a poseerlo.
Deseaba volver el tiempo atrás, regresar al momento en el que decidí montarme en el barco con el que cruzaría el océano, para evitar así perder mi pendiente... Pero el tiempo, desgraciadamente, sólo avanza en un sentido. Y lo que había perdido no era un pendiente ni estaba en el fondo del mar. Había perdido un beso de los labios de un extraño. Alguien que me conquistó con una parrafada sobre el amor a primera vista, sacada seguramente de un guión de comedia americana. Y yo, tonta, me deje convencer. Bastaron unos segundos para arrepentirme.
Cuando tienes un jarrón roto en las manos, solo te quedan dos opciones: esconder los pedazos o contárselo a su dueño. Y mi segunda peor decisión fue elegir la primera opción, que marcó el comienzo del fin de nuestra relación. La culpa me quemaba por dentro. Lo peor de todo es que, sin quererlo, él se estaba abrasando conmigo.
Cuando ya éramos casi cenizas, decidí contárselo. Fue incapaz de perdonar mi mentira. Y me dejó. Y no se lo reprocho. No se puede amar algo que está vacío. Y yo lo estaba por completo.

"Matemáticas"

Beatriz Fernández Moya.



-Papá, ¿qué me dices de Ingeniería?

-Una carrera dura y que exige mucha dedicación. Sólo te viene como anillo al dedo si estás dispuesta a prescindir de tu vida social.


-¿Arquitectura?


-Muy vocacional y tú nunca te has interesado por ella. Además, el dibujo no se te termina de dar del todo bien.


-¿Matemáticas?


- Te falta capacidad de concentración y, por supuesto, no tienes el grado de abstracción necesario…

Aquello fue un golpe bajo que cerró de lleno la discusión sobre su inminente futuro. Aún le quedaban unos días; ya lo decidiría.

***

Le temblaban las manos y el corazón le latía a mil por hora. Delante de ella, una puerta de hierro de un tono azul celeste. No había motivos para estar nerviosa. O, ¿sí los había? Abrió la puerta con decisión, entró en la enorme habitación y subió a la tarima. Cuando se volvió para mirar a la clase todo el mundo la contemplaba en silencio. Un alumno levantó la mano pidiendo la palabra. Ella asintió con la cabeza para que empezase a hablar.

-Soy el delegado. Quería decirle, de parte de toda la clase, que sentimos mucho lo de su padre. Él nos daba matemáticas el año pasado y todos guardamos muy buen recuerdo de sus clases.

-Muchas gracias, de verdad. Espero que ustedes disfruten también de mis clases.

Intentó sonreir pero no pudo. Comenzó a escribir en la prizarra: “Tema uno: Derivadas”. Pensó en su padre, ¿quién hubiera podido decirle que acabaría siguiendo todos y cada uno de sus pasos? Solo esperaba estar a la altura.