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"Feliz Navidad"

David Fuente.



Me lo contó todo cuando salimos por la puerta de la iglesia, tras habérselo aguantado, a duras penas, durante la misa.
Hacía un frío helador, pero le daba igual porque ardía en desasosiego.
-He matado a Luis.
-¿Le has matado?... -respondí estúpidamente
No podía creérmelo. Yo tampoco tenía ya frío y me pareció que, de golpe, la plaza estaba llena de orejas.
-¡Vamos! -Le empuje hacia un callejón.
Cuando me lo hubo confesado todo, lloró como un niño, como llorábamos por aquellos años.
***
Los agentes de la Guardia Civil hablaron con mucha gente del pueblo mientras buscaban al desaparecido, pero no dieron con el cadáver de un chaval huidizo y alterado, cuyo carácter nervioso irritaba a mi primo.
-Como te vayas de la lengua, te mato –me susurró una tarde.
Yo le temía desde la pelea del año pasado, pero no pude soportar compartir habitación con él; me pasaba las noches despierto y temblando.
Lloré a mis padres a los inicios de cada periodo de fiestas para que no volviésemos al pueblo. Y pasaron diez años hasta que lo hicimos.
Mi primo ya es padre, y cada vez que le estrecho la mano pienso en los huesos de Luis bajo las piedras del monte.
-Feliz Navidad –me dice.
 

"Viaje al corazón de la cerámica"

David Fuente.



Desciendes paso a paso, con timidez, por un camino embarrado; el ambiente es húmedo y el calor reverbera a lo lejos. Muy lejos. Acabas de abrir la puerta de algo que apenas conoces y cada paso se hace duro pero enriquecedor. El primer gran hallazgo: el barro, que hasta entonces era una masa invisible y monocromática, estalla en mil colores.
El alicatado empieza más tarde. Tranquilo; no tengas prisa. Mánchate. Tienes que mancharte. El barro es resbaladizo, pero no le tengas miedo: siempre te acogerá en un abrazo húmedo. Cáete, a poder ser de bruces. Cáete, que es como lo has aprendido todo. Luego mira tu rostro congelado en la tierra. A ella le costará olvidarlo. A ti también. Luego levántate. Levántate, que es como lo has recorrido todo.
Escoge un color entre los que se apilan y escava. Un color: eso es todo lo que sabes. No sabes nada, así que aférrate a él.
El barro, bello como hasta entonces nunca lo habías visto, ya es tuyo, pero todavía no lo posees. Aduéñate de él, desarmarlo en mil pedazos, recoge su esencia, retira los restos que aún lo vinculan a la tierra.
Ya lo has humanizado; ya es arcilla. Pronto ambos sois uno. Es el abrazo a la presión de tus dedos, las lágrimas del vaciador, la belleza que emana del trabajo y que se resiste. Se resiste y te exige, qué pensabas pequeño ser humano; él también te modela.
El suelo se va secando bajo tus pies. Se cuartea, encoge, se calma el color, se convierte en polvo... Ahora puedes ver, solidificados, los recuerdos del último abrazo, de la última lágrima. Es el momento de seguir, de amar o dudar y retroceder unos pasos. Puedes dudar. Duda si es lo que sientes porque también las preguntas dan respuestas, no solo las caídas. Si amas no hay que decirte nada, ya has echado a correr.
Has llegado a los umbrales del fuego, al otro lado está la mismísima temperatura del infierno. A pesar de lo que te dijeron, no debes tienes miedo; es un fuego purificador. Le entregas tus tesoros del camino y esperas de las llamas un buen trato. Pero no les exijas más de lo que tú te has exigido. Cierra la puerta y no hagas guardia, no tengas prisa. Vuelve atrás, allí donde el camino está aún húmedo. Y deléitate con aquello que pasaste de largo en la primera ocasión. Aunque retrocedas, siempre andarás por un nuevo camino.
La fogata ya se ha consumido. Abre las puertas y observa la metamorfosis. Pero recuerda, aún no sabes nada de los efectos del fuego; todo lo que imaginabas puede ser falso.
Al principio sólo conocías el color, pero las llamas te lo han arrebatado. Teja... Un vulgar color teja, eso es todo lo que queda. Ahora te pesa, pero más adelante descubrirás que tus alegrías y tus decepciones en el basto mundo de la cerámica son insignificantes. Si no te impiden seguir caminando, ambas te acompañarán siempre; más aún con tu espíritu aventurero que tiende a explorar los caminos flanqueados por señales de “prohibido”.
Mira a los compañeros que han llegado hasta el mismo lugar por caminos diferentes. Has descubierto que la estrecha vereda por la que has descendido no es más que una entre cientos de miles y que todas se entrecruzan y confluyen allí, en el fuego. Siéntete pequeño, muy pequeño. Cuando te recuperes podrás decir que sabes algo, una ínfima parte.
Ahora trabaja, trabaja duro un tiempo.
El camino comienza a estar enladrillado, estable. Vas y vuelves por distintos senderos de barro hasta distintos fuegos, y van surgiendo nuevos pavimentos. Algunos no absorben el agua y en el aire cantan como las campanas. También has aprendido cuánto mienten los colores de la arcilla, y aprendes a convertir la mentira en verdad y a esclavizar engobes. Juegas con diferentes materias y descubres cuáles se aman y cuáles se odian. A veces haces obras de reconciliación y otras te recreas en el rechazo. Ya tienes tu pequeña casa de ladrillo. Te has permitido unas tejas gresificadas, ciertos engobes, unos ostentosos marmoleados, texturas... Ya puedes vivir, aunque sea con humildad, en este mundo.
Y de pronto, en mitad del trabajo, llega a tus oídos una ostentosa melodía, algo que conocías, que habías escuchado a lo lejos cuando aún estabas demasiado ocupado descubriendo la arcilla: el vidriado. Y repentinamente se abre un nuevo abismo, vuelves a ser más y más pequeño. Y tu humilde casita, más insignificante. Asomas la nariz a esa exuberante jungla plagada de colores y fluidos imposibles, y escoges donde no se puede escoger, en la eternidad de la belleza. Vidrias tu primer azulejo.
Vuelves a casa y lo cuelgas en mitad de la pared. Ahora, tras varias lecturas y anotaciones, tras un cúmulo de pequeñas verdades, una gran idea vibra en el interior de tu cabeza: la inmensidad. Miras por la ventana y te ves en mitad de un mundo plagado de colinas. No es un mundo hostil. Está lleno de recovecos, cada uno con un tesoro oculto. Sólo sabes que has abierto los ojos y que todo aquello está a la espera de ser indagado. Un impuso empieza a latir en tu interior… ¡Qué haces ahí parado! Ahora que sabes que es enorme: lánzate a indagarlo. ¡Corre!

"Daños colaterales"

David Fuente.



El comandante ordenó lanzar una bomba termobárica sobre aquellas casas, y cayó con la naturalidad con la que la gravedad atrae 400 kilos de metal. Estalló oscilando en sus estrictos 2.500 o 3.000 grados centígrados y donde no lo pulverizó todo, hizo saltar restos de edificios en cualquier dirección. Nuestra atmósfera -rica en oxígeno- y una amplia planicie permitieron ver, desde veintisiete kilómetros de distancia, la llamarada que se levantó hacia el cielo.
En el interior de las casas todo pareció más rápido. Un silbido que llamó al pánico, un tremendo impacto y nada más. Sólo un puñado de personas, la más afortunadas y alejadas del epicentro, sintieron dolor. Menos aún fueron las que, después, tuvieron la oportunidad de contar la facilidad con la que minúsculos trozos de acero se alojan en el cuerpo.
En su escritorio, un trozo de metralla que tiene unos cantos cortantes y otros fundidos, pisa unos folios. En la espalda, una abrupta cicatriz le mantiene dolores residuales. Los recovecos de la antigua herida sólo dejan espacio para la justicia; el olvido y la mentira tienen la puerta cerrada.
Su hija empuja su silla de ruedas de un lado a otro. Llora por su padre y sonríe a su hija. A su nieta no le gusta pintar sobre esas hojas viejas y amarillentas que aletean al viento cuando entra la brisa de primavera, porque nunca se moverán.
 


"Palabras y silencio"

David Fuente.



Las letras, para el que escribe, son como un picor ansioso que recorre el cuerpo, en continuo zigzag, sin encontrar alivio. El alivio es la muerte de las palabras, el punto y final. La placidez, la calma, la serenidad, el equilibrio..., todo ese hieratismo también. El silencio es sólo un “coger aliento”, por largo que sea, por largo que parezca. Aliento, sí, porque las palabras le roban a uno el aire y hablar hasta la eternidad puede hacernos morir de asfixia a los pocos minutos del inicio.
Las palabras pican a veces, también en ese silencio. Pero uno las retiene, tira de sus riendas, hunde los pies en la tierra y, en un grito callado, proclama que enmudezca el cielo. Y aunque las palabras se encabriten, uno debe ser fuerte porque ellas, a veces, son inexpertas.
Esta es la lucha en la que uno crece. Crecemos en la alternancia de estos dos tempos que se sustituyen de forma arrítmica. Y esta alternancia es fruto, a partes iguales, del capricho y de la necesidad. La razón, el conocimiento... No, no se debe a ellos. Están tanto en el silencio como en las palabras, pero no son el puente de uno a la otra. No son, tampoco, el pilar de nada. Se encuentran en el cajón de sastre en forma de botones lujosos –de oro y rubíes– o de plástico nacarado. Son el lazo de seda junto al cordel de algodón. Los restos de una madeja de lana y un pedazo de cuerda de esparto. Son, también, la caja y el propio sastre. Son casi todo para el que escribe, pero no garantizan nada. Son un fuego que hay que alimentar durante el silencio para alumbrar, después, la palabra.

"Mariposas muertas"

David Fuente.



Sobre la pequeña mesita de noche, en un recipiente lleno de hojas de morera, una familia de gusanos se daba un ostentoso banquete. La mesita, que había soportado estoicamente múltiples objetos a lo largo de su vida, sentía flaquear la madera de sus patas, infestada de termitas.
La cama, húmeda, lloraba entre los pliegues de sus sábanas y había lanzando, en un intento sutil, una caricia a la mesita con el vuelo del edredón. Quería aliviar los suspiros de su eterna compañera o que sintiera, al menos, que estaba dispuesta a acompañarla hasta el final de sus días.
Las paredes se erguían con honrosa robustez, aunque ya algo fatigadas de contener el viento gélido de la calle para asegurar una temperatura apacible en el interior. La pared que daba al Norte estaba especialmente afectada, con una herida que le recorría de arriba abajo y le había provocado pompas de pintura que se deshacían en polvo blanco.
El rodapié recibía, como si de una parodia navideña se tratase, ese polvo. Y tras ese portal nevado que era el pequeño agujero roído en la madera, una destartalada guarida de ratones se encontraba sumida en un absoluto silencio, ya que los roedores la habían abandonado por otra madriguera más acogedora.
La puerta cerraba con dificultad, engordada por la humedad que había absorbido desde que el barniz comenzara a cuartearse. Al pomo de latón lo cubrían unos ronchones de óxido verde que resbalaban por la madera. Se encontraba apenas sujeta a las paredes moribundas, rematada por unas maltrechas jambas, dejando pasar el soplo del viento helador bajo sus pies.
Los muebles habían humanizado la casa, colocando a un hombre antiguo y rancio –vintage, diríase hoy si estuviese limpio–, completamente fuera de nuestro tiempo. Tuvieron que conformarse al principio, debido al precio, con que no usase suavizante para las sábanas ni otros productos que mantuviesen brillante la madera, a pesar de los ardientes lametazos del sol de verano. Pero aquel hombre apenas servía ya para nada; no tenía trabajo, no podía pagar la luz, el agua ni la hipoteca. Lo cierto es que ya no daban nada por él ni a la puerta del vertedero.
Un crujido fue in crescendo y, de pronto, un enorme golpe sacudió el suelo de la casa. Una de las patas de la débil mesilla de noche había sucumbido a la voracidad de las termitas, y yacía apoyada contra la cama, envuelta en su abrazo y sus lágrimas, el cajón desencajado por el dolor. La cama aullaba desde lo más profundo del somier. Mirando al techo, despreciaba sus desgracias. ¡Cuánto le hubiera gustado ser de madera –y no de durísimo hierro- para consumirse junto a la mesita, pues no se le antojaba ningún dolor más punzante que verla perecer lentamente a su lado!.
La casa fue deshumanizada el siguiente verano. El golpe de una bota de cuero negro a media altura de la puerta, hizo saltar la jamba en la que se engarzaba el pestillo. Se abrió de par en par, y el poco oxidado impactó contra el interior de la pared. Sacaron a rastras al hombre antiguo, que lloraba sobre la cama. La mesita de noche, la herida de la pared, la madriguera de ratones abandonada y la cama, crujieron al ver cómo se lo llevaban.
Durante el resto del verano, el roer de las terminas fue el único sonido de la casa. Acercándose el otoño, pendían ya de la pequeña mesita de noche dos lágrimas de seda, en cuyo interior la familia de gusanos se apretaba agradeciendo su calor. Con cada suspiro de la mesita –y eran muchos, puesto que las restantes patas estaban a punto de ceder– las lágrimas de seda pendulaban levemente, acunando a los gusanos de seda. La puerta ruinosa soportaba en el exterior un impoluto cartel de propiedad.
Al llegar el invierno, la mesita se había convertido en un montón de astillas. Los capullos de seda y las mariposas muertas yacían junto a ella. Únicamente la cama se erguía con férrea dignidad, aunque sólo lo hiciese para sujetar aquellas sábanas, que eran ya un mar de lágrimas.
 

"Oro y claveles"

David Fuente.



La caseta del jardín siempre había estado atestada de cosas; ya se sabe, de esos utensilios que una piensa que quizás puedan ser útiles en un futuro, pero que al final acaban abarrotándolo todo. La caseta era un ejemplo de esa extraña afición por acumular. A fin de cuentas, todo aquello lo habíamos comprado, así que estábamos en nuestro derecho de dejar que se pudriese allí dentro, fuese lo que fuese.
En el pueblo casi todo el mundo tenía cuanto necesitaba - aunque algunos necesitaban menos cosas que nosotros-. Es cierto que podríamos habernos ahorrado una importante cantidad de dinero comprando buena maquinaria de forma colectiva, pero tratar con los vecinos nos resultaba demasiado incómodo, además de que a nosotros, en particular, no nos resultaba tan provechoso como a otros. Mejor que cada cual resolviese sus problemas por su cuenta.
Yo siempre soñé con un tesoro. Mi marido me llamaba ingenua, aunque él jugaba a la lotería. Para mí, aquel sueño tenia fundamento. Nuestra casa era una vivienda señorial, de aquellos tiempos en los que allí existían señores –nosotros, que teníamos jardinero, ahora éramos lo más parecido a la aristocracia–. Según parece por el escudo de armas, perteneció a una familia adinerada, no recuerdo el apellido. El caso es que me dio por pensar que quizás aquellos señores que habitaron la casa durante cuatrocientos años, en algún momento habrían guardado algo de oro bajo el suelo, enterrado en las cuadras o por el antiguo entablado del desván.
En aquella época en la que mi marido aún ganaba un buen sueldo, alquilé a escondidas un detector de metales. Podría haber contratado a un profesional, pero encontraba incómodo que aquel hombre desenterrase dos kilos de oro delante de mí, para después pagarle cuatrocientos euros por su labor. Además, el alquiler de la máquina suponía cien euros, así que me ahorraba la diferencia si no había nada. Para sueldos ya teníamos bastante con el del jardinero, que no iba a encontrar oro sino malas hierbas, aunque estoy segura de que alguna vez cortó más de un clavel para esa novia suya. Mi marido hace ya mucho que ni me compra ni me roba claveles.
Me pasé todo un día recorriendo la casa con la máquina. Cuando mi esposo llegó del trabajo y me sorprendió rastreando el hall, ni se inmutó. Él no conoce ni un solo producto de limpieza, ni ningún aparato doméstico, así que, quien sabe, quizás pensó que era una aspiradora ultra-silenciosa, aquella que tantas veces le pedí.
El detector de metales me dio más de una alegría, pero de esas pequeñas: parpadeaba la lucecita y pitaba con frecuencia en algún punto. Entonces mi corazón seguía su compás, disparándose cuando el oro ya parecía estar bajo mis pies. Los agujeros en el jardín eran fácilmente excusables, pensaba, lo difícil sería explicarle a mi marido las baldosas rotas en la cocina. Le dije que se me había caído el martillo. <<Y a dónde ibas con el martillo>>. Le contesté que estaba ordenando la caseta del jardín -excusa eterna, pues una siempre puede estar ordenando la caseta del jardín-, que saqué el martillo, que lo vi sucio, que vine a limpiarlo y de repente noté una araña en mi mano, que di un grito y lo solté, y que rompió las baldosas. Él miraba los agujeros algo incrédulo. <<Madre mía, más que soltarlo, parece que lo has lanzado desde el cielo…>>.
Debajo del alicatado había un enorme clavo oxidado. En vez de ser cilíndrico, tenía cuatro caras planas: estaba hecho de forja. Era del mismo tipo que los del portón. No estaba mal, un clavo antiguo –seguro que mi marido lo guardaría en la caseta–, pero no era oro. Ni siquiera valía lo que las baldosas.
No encontré ningún metal precioso, esa es la verdad, pero estuve entretenida. Creo que entendí un poco esa emoción de la lotería: ay, que ahora sí; ay, que ahora sí... Pura ilusión, justo lo opuesto al logro de otras metas, pero oye, algo es algo. Y sobre todo, me sacó de la monotonía de acicalar el caserón. Si antes era antiguo, ahora me resultaba viejo. Sin tesoro escondido, perdía toda su gracia; vaya señores fueron aquellos que tenían riquezas y nada de oro escondido por ninguna parte.
Despedí al jardinero. ¡Ya valía de robarnos los claveles! No íbamos a andar costeando sus amores. Así que me entretuve podando aquí y allá, durante unos meses, el tiempo que tardó mi marido en ver que el jardín estaba degenerando y que no había sido buena idea despedir al chico.
Para entonces tuvimos que mudarnos. La empresa quebró y el caserón era un lujo...
La verdad es que me adapté con ganas al piso en Madrid. Pero desde hace unos meses hay una cosa que me reconcome y no me deja dormir, que me arde por dentro como me ardía el pecho cuando sujetaba aquella máquina que silbaba la melodía del oro. Y es que nunca rastreé dentro de la caseta, no pude. ¡Cómo iba a hacerlo! Sacar afuera todas las cosas me habría supuesto toda una tarde, mucho sudor y otras veinticuatro horas de alquiler. Pero estoy segura de que aquellos seis metros cuadrados, además de estar abarrotados de cosas, escondían muchas más bajo la tierra. El dinero llama al dinero, dicen, y aquella caseta había sido un imán que atraía herramientas nuevas, costosas e inútiles.
No tengo Permiso de conducir y no pienso pedirle a mi marido que me lleve. El taxi hasta el pueblo son setenta euros, más otros setenta de vuelta, más los cien de la máquina y lo que pueda suponer un allanamiento de morada... Quizás pueda pagar al jardinero -delincuente habitual roba claveles- para que me recoja el oro, aunque ese pícaro seguro que se lo queda y me dice que no encontró nada. Definitivamente, hay cosas que debe hacerlas una misma. Cada cual debe resolver sus problemas.
La empresa ahora también cierra aquí, en Madrid. Mi marido ha comprado lotería. He arrancado furtivamente un clavel del jardín público de debajo de casa y me lo he regalado a mi misma. A los dos días, sus pétalos retorcidos yacen sobre la mesilla de noche. Tengo las muñecas cansadas, aquí no hay lavavajillas. Ay, la vida, ¡cómo se agita! Mi marido me ha sugerido que quizás sea necesario que yo busque un empleo. Buscar... Otra vez ese “pi-pi” ilusorio. Y después, quién sabe... Mientras tanto me araña el interior de la cabeza, como si fuera una oruga con convulsiones, la obsesión de haber dejado olvidada, bajo la caseta, una gigantesca fortuna.