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"Amor del bueno"

María Teresa López Cerdán.


Dicen que si no alimentas el amor, éste acaba muriendo. El amor, por tanto, es algo por lo que tienes que luchar todos los días, una pelea constante, una guerra que te deja con el mejor de los sabores de boca.
Amor, esa es la solución. Su ausencia, el peor de nuestros problemas.
Amor por el desconocido, por el igual, por el que pasa hambre y por el que permite que esto ocurra. Amor por el vecino y por el vagabundo, por el creyente y por el ateo, por el de izquierdas y por el de derechas, por el africano y por el americano. Amor por amar, por querer, por vivir, por humanidad, por naturaleza. Amor sin condición ni apellidos, sin esperar algo a cambio, sin hipotecas ni intereses, sin solidaridad y con caridad. Amor, por definición.
Cuatro letras que, combinadas entre ellas, tanto dicen, tanto callan, tanto pueden romper y –sobretodo- tanto arreglan. ¿No sería todo un poquito más fácil si regalásemos algo del amor que tenemos guardado?...

Soy de esas idealistas que creen que el amor nunca se acaba porque es un pozo sin fondo, el mejor de nuestros recursos naturales. Un recurso, además, inagotable. Una auténtica fuente de ventajas y de beneficios.
El amor por los hombres se está enfriando, lo veo día a día, lo siento en cada mirada de desprecio, en cada noticia que leo, en cada caricia sin sentimiento, en cada ataque al prójimo que acaba por desencadenar una autodestrucción interior.
Demos ejemplo, que se acerca el verano, y que una buena ola de calor insufle a las calles del mundo esa bocanada de amor del bueno, del verdadero. Contaminemos el aire con esencia de puro amor y no dejemos espacio al dióxido de carbono. Contaminar el mundo con amor…, me atrevo a decir que esa es la solución a todos nuestros problemas.
 

"Diente de tiburón"

María Teresa López.



Se llamaba Hugo y aquel verano tenía cuatro años.

Su piel era de color del chocolate. Bueno no, en realidad era café con leche, pero con más de café que de leche. Su padre sí que era del color del chocolate; su madre, café con leche, aunque menos café que Hugo.


El pequeño apenas medía medio metro. Tenía ese pelo rizado propio de los africanos, que se asemeja un estropajo de cocina. Estaba muy delgado, aunque sus espaldas eran bastante anchas en comparación con el resto del cuerpo. Bueno, todo esto son detalles sin importancia cuando te fijas en sus ojos y su sonrisa. Esos ojos son capaces de sumergirte en el mar infinito de las ganas de vivir, como esa sonrisa picarona que resaltaba en su carita. Hugo transmitía tanta paz, que al mirarlo se te olvidaba el resto del mundo.


El problema de Hugo era el aburrimiento al que se encontraba sometido día tras día. Vivía en una ciudad costera de España. Sus padres trabajan en el paseo marítimo. Su mamá se dedicaba a hacer trenzas, sobretodo a las turistas inglesas y noruegas. Su papá vendía DVDs pirata de las películas del momento y los últimos CDs del mercado. Así que el pequeño se sentaba en la barandilla y miraba el mar. Se preguntaba por qué tenía que quedarse con sus padres en el paseo, si él quería bajar a la playa.


Un quince de agosto todo cambió. Apareció Elena, una muchacha de Madrid, de dieciocho años y con el corazón más grande que su altura, que ya es decir porque jugaba al baloncesto. Tenía un cuerpo atlético, los rasgos marcados, el pelo largísimo -liso y castaño- además de una boca bastante grande, para que su sonrisa pudiera verse a distancia.


Aquel día Elena fue al quiosco a comprarse un helado para no morir de calor. Entonces lo vio. Hugo estaba a su lado, mirándola embelesado. Ella le preguntó que si también quería un helado y la respuesta del pequeño fue irse corriendo hacia su mamá. Ella compró dos polos de limón y fue donde la madre. Le dijo que su hijo era el niño más bonito del mundo. Para ser café con leche (más café que leche), se le vio colorado ante los piropos de la chica antes de sonreír y esconder la cara. La mujer le dijo algo en un idioma que la madrileña no entendió, pero cuando el niño le cogió el helado y le dio las gracias intuyó de qué se trataba.


Al día siguiente la jugadora de baloncesto volvió para ver a Hugo y le preguntó si le gustaría bajar a la playa con ella, pues seguro que estaba aburrido de ver a sus padres trabajar. Hugo le dio la mano.
Así pasó el verano: Hugo y Elena se comieron muchos polos de limón, se mancharon de crema solar, construyeron castillos de arena y los destruyeron entre carcajadas, tomaron el sol y la sombra, pasearon por la orilla, pescaron cangrejos y camarones, se hicieron muchas fotos, hicieron rebotar piedras en el agua, aunque lo que más les gustaba era cuando se metían en el mar y Elena buceaba, salvo la mano que sacaba a la superficie, haciendo el tiburón. Ella le perseguía hasta que lo alcanzaba, lo cogía por el pie, le hacia cosquillas y lo lanzaba al aire.


El verano acabó. Llegó septiembre y, con él, el punto y seguido a una amistad. La última mañana antes de volver a Madrid, Elena fue al paseo marítimo y caminó al quiosco en el que conoció a Hugo. Esta vez no venía a llevárselo a pasear sino a despedirse. Hugo, al verla, corrió hacia ella y la abrazó. Después le dio la mano y se dispuso a bajar a la playa mientras le decía adiós a su mamá. Elena le dijo que no podrían jugar más al tiburón. Al ver la cara de desilusión del pequeño, no pudo evitar llorar y reír a la vez. Lo llevó hasta su madre y le dio las gracias por haberle dejado vivir un mes junto al niño.


Cuando Elena se marchaba escuchó que la llamaban. Se dio la vuelta y se encontró con el padre de Hugo, con el que nunca había hablado. Su cara no era muy amigable, pero le cogió la mano y le dio un cordón negro que llevaba atado un triángulo blanco. Elena le preguntó qué era aquello. <<Es un diente de tiburón. No lo pierdas y así recordarás el verano que has pasado con mi hijo. Yo siempre le hablaré de la jugadora de baloncesto a la que lo mejor que se le daba era jugar a hacerle feliz>>.
 

"Bailando bajo la lluvia"

María Teresa López Cerdán.


Igual va siendo hora de que empecemos a respetarnos unos a otros, que dejemos de hablar de izquierdas y de derechas, de diferenciar entre ricos y pobres pues, a fin de cuentas, todos somos iguales.
Mi opinión no vale más que la tuya. Y viceversa.
Nos quejamos a todas horas y no es mucho lo que hacemos por cambiar lo que nos rodea. Y las pocas veces que nos disponemos a cambiar, lo hacemos con hipocresía. No me excluyo; yo también, porque somos humanos y si funcionamos así es porque nos hemos acomodado.
Es hora de esforzarse y de mirar al frente, de construir un futuro. Y si lo hacemos juntos, será mucho mejor. ¿No creen?
Estoy cansada de que no nos ayudemos. Está comprobado que así no conseguimos nada.Verdad solo hay una y lo de la relatividad es una excusa que ya empieza a pasarse de moda. Hay que ser objetivos y fuertes, que la nube que tenemos encima no es pequeña.
Ha llegado la hora de pensar, mucho y bien. A nadie le gusta lo que hay, pero si lo miras con una sonrisa, es más llevadero.
No hay que resguardarse de la tormenta, sino aprender a bailar bajo la lluvia. Y si bailamos todos a la vez, puede que dejemos algo digno de ser contado a lo largo de la Historia.
Hagamos esta Historia juntos, como seres humanos, no como enemigos ideológicos. Lo digo de verdad, de corazón. No es tan utópico que podamos trabajar codo con codo por construir algo que merezca la pena.

"Hola, me llamo egoísmo"

María Teresa López Cerdán.




Me llamo María Teresa, tengo 18 años recién cumplidos, vivo en un pequeño pueblo de la provincia de Alicante, llamado Albatera, y el año que viene emprendo el camino hacia mi futuro: dejo mi casa para marcharme a la capital y cursar en la Universidad Complutense de Madrid la carrera de Periodismo.
Cada día que pasa, leo en las noticias algo parecido a esto: <<El fin del periodismo está cerca>> o <<Las profesiones que recogen mayor número de parados son del ámbito informativo>>. Muchas son las personas que me han aconsejado un futuro distinto, que ellos consideran mejor y que yo no pongo en duda que lo sea, porque vivir hoy del periodismo es algo sumamente laborioso. Sin embargo, tengo dos cosas a mi favor: ganas de cambiar el mundo y fuerzas para hacerlo.
Demasiadas veces he necesitado consultar en distintas fuentes una misma noticia para decidir cuál es la que se acerca a la realidad, ¿Les parece esto normal? En sus orígenes el trabajo de un buen periodista consistía en informar, con la verdad por delante y a pesar de conseguirse -todo sea dicho- unos cuantos enemigos. Ahora lo importante es fundir tus noticias con una pizca de lo que los ciudadanos quieren leer y con otra de lo que los ciudadanos “deben” creer.
Combinemos tres factores: morbo, dinero y política. ¡Premio! Acabas de conseguir una noticia que será publicada allá donde desees. Pues yo lo siento, pero no estoy dispuesta.
El periodismo se encuentra sumido en esta profunda crisis debido al afán de lucrarse antes que de informar con la verdad, que ya no es el objetivo de un periodista, al menos no de uno que realmente quiera serlo.