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"La boda"

Berta Ferrer.


Llovía a mares. A gritos, como escribió Cortázar una vez. Goterones largos y continuos que golpeaban contra el cristal, enfurecidos porque el invierno daba sus últimos coletazos. La casa estaba vacía. El silencio quedaba envuelto por el murmullo de la cortina de agua que empañaba las ventanas.
Entramos sin pensarlo, empujando la puerta y riendo como niños mientras llenábamos el suelo de barro y temblábamos bajo la ropa empapada. Habíamos subido corriendo desde la playa, atraídos por la silueta de la mansión que se recortaba contra el cielo oscuro. Buscábamos un techo que nos protegiera de la tormenta, y la fachada ennegrecida, con partes del muro desprendidas, era una prueba de que no íbamos a encontrar a nadie en el interior del viejo edificio.
Nuestros pasos resonaron entre las paredes de piedra, perdiéndose en el entresijo de pasillos y habitaciones. En algunos rincones, los cristales emplomados de los ventanales estaban rotos, y por el hueco se colaban el viento gélido y una luz tenue que nos permitía entrever nuestras siluetas y esquivar los muebles enterrados bajo el polvo. El empapelado que se desprendía de los tabiques jugaba con las sombras para formar figuras extrañas que lograban erizarnos los cabellos de la nuca. Avanzábamos muchas veces a tientas, tropezando con alfombras, tablones de madera levantados y el cadáver de algún roedor. Nos introducíamos en el interior de la gran casa sin atender al rastro de huellas que dejaban nuestros pies mojados, sin mirar hacia atrás, embobados por las migajas de un esplendor olvidado.
En algún punto entre la planta baja y el piso superior, nuestras manos se separaron. Me introduje por un pasadizo estrecho que olía a moho y a humedad, mientras escuchaba los pasos de Sandro perderse escaleras arriba. Desemboqué en una sala grande, acristalada en suelo y techo, que se levantaba por encima de las rocas y miraba al mar embravecido. Las olas se tragaban la playa y rompían furiosas contra la terraza exterior, haciendo vibrar los cristales. Sentí de repente el frío, el temblor de mis huesos, la ropa empapada que se pegaba a mi piel.
Una luz grisácea y molesta definía con claridad precisa el interior de la estancia, resaltando la ligereza de las cortinas arrugadas y la lámpara de cristal que se descolgaba del techo. Conté doce mesas. Doce manteles bordados, sobre los que estaban colocadas con minuciosidad la vajilla impecable y la cubertería de plata. El polvo y las telarañas no habían logrado borrar la elegancia de la escena. Me moví por la sala, fascinada por la exquisitez de la decoración, rozando apenas el respaldo de las sillas con los dedos, con cuidado de no estropear nada. Todo estaba dispuesto de forma tan pulcra, todo parecía tan frágil…
En un rincón, junto a una maraña de telas desgastadas por la humedad, unas hojas de periódico bailaban en el suelo al compás del viento que se colaba por los huecos de la cristalera. El papel estaba amarillo y tan rígido que se deshizo en las esquinas al entrar en contacto con mis manos. La tinta se había descolorido con el tiempo y muchas de las palabras se emborronaban y resultaban ilegibles. En una de las páginas, destacaba una imagen. Era una fotografía en blanco y negro de dos jóvenes: ella, con su vestido blanco y un ramo de rosas; él, con pajarita y zapatos lustrosos. Y al fondo, la mansión. Con los muros en buen estado y los jardines cuidados, llenos de flores.
Entre las pocas frases que habían sobrevivido al paso del agua y el polvo, descubrí que en aquella sala jamás bailaron los recién casados, los invitados no llegaron a cuchichear sobre la calidad de los platos, ni los músicos amenizaron la velada. Allí el tiempo se había congelado, tiñendo la elegancia de tristeza y transformando la exquisitez en una visión lúgubre. En una escena que narraba una boda que nunca sucedió. Un rayo había incendiado la casa esa misma noche, borrando cualquier rastro de felicidad y dejando que el gran edificio naufragara a voluntad. El abandono y la soledad se habían encargado de todo lo demás.
Quise llamar a Sandro, correr a buscarlo, salir de la enorme mansión…, pero me retuvo mi reflejo en uno de los cristales. Escuché el fragor de las olas, que ahogaba el sonido de la lluvia golpeando la fachada. La tormenta había aumentado su fuerza y el viento rugía, haciendo temblar la estructura de aquella vivienda. Mis manos se aferraron al vestido hecho jirones que me cubría. A pesar del barro y del agua, aún se distinguía el color blanco de la tela. Y el de las flores marchitas del ramo que yacía a mis pies.
No grité, ni me abalancé sobre la puerta; tampoco me di la vuelta para comprobar que ya no estaba sola en la estancia. Me obligué a observar el manto oscuro de lluvia que golpeaba la gran cristalera, que me devolvía una mirada asustada en un rostro pálido. El mío. El mismo que sonreía en la fotografía arrugada junto a Sandro. El que no se inmutó cuando el trueno restalló con fuerza y partió la casa en dos.

"Deriva"

Berta Ferrer.



Lo último que le apetecía era escribir. Sentarse delante de un ordenador y teclear, sin rumbo, palabras a la deriva. A lo lejos apuntaban las ideas con un brillo cegador que duraba unos segundos, pero se perdían en un mar perezoso y lánguido. Hacía calor, un bochorno opresivo que se pegaba a la piel e impedía los movimientos rápidos, los pensamientos ágiles. La mesa cubierta de papeles tampoco ayudaba. Tantas cosas en que pensar; demasiada incertidumbre esparcida sobre una superficie tan reducida. Y estaba ese sonido incesante. Un zumbido continuo que escapaba de la pantalla y se fundía con la desgana de los dedos.

Todo estaba en su contra. El deseo de meterse en la cama, el perro que ladraba en la calle, la picadura de un mosquito en el tobillo izquierdo. Y el libro. El maldito libro de tapas marrones y tipografía cándida que la llamaba a gritos desde la estantería y que había tenido que encerrar en un cajón, como castigo a su impertinencia. Y ahora también tenía que lidiar con el sentimiento de culpa a causa de aquella condena.


Dejó escapar un suspiro ensayado. De hacer teatro aún le quedaban ganas.


Un cosquilleo en las piernas la instaba a salir de la habitación. Se hubiese marchado con gusto, sin necesidad de una excusa tan barata, pero sabía que si se levantaba de la silla, si osaba despegar los dedos de las teclas y la vista del cursor parpadeante, estaría perdida. Perdida, sí, porque naufragaría entre obligaciones y un millón de “cuando acabe esto…”. No estaba segura de que pudiera volver, regresar siguiendo las migajas de un abandono egoísta. Y así continuaba, sentada en una posición enrevesada, esperando a que llegara la inspiración. Los labios se le curvaban en una sonrisa indolente al componer aquella palabra. <<Eso son cosas de críos>>, pensó.


Aun así, a ratos se engañaba garabateando en una hoja de papel. Eran frases inconexas de significados imaginados. Si Shakespeare inventaba palabras, por qué no iba a hacerlo ella. Resultaba ridículo, desde luego, pero a aquellas horas de la tarde y con el sudor pegándole la camiseta a la espalda, hasta Shakespeare se le antojaba grotesco y fuera de lugar.


Estaba harta. Aborrecía la composición uniforme de las letras sobre el blanco de la hoja, la posición de las manos que aguardaban en tensión mecanográfica, la apatía de los pensamientos... Despreciaba todo aquel hastío, esa desgana general que no era más que una pose, un intento patético de victimismo.


Y todo era tan previsible, tan de novela barata. Hasta el gruñido de su estómago demandando la cena sonaba a tópico manido; sin embargo, era un pretexto demasiado bueno como para dejarlo correr. Iba a sonreír, feliz por poder librarse de los grilletes que la retenían atada a la mesa, cuando el triunfo se torció en mueca desdeñosa. El cursor estaba situado sobre el botón de apagado, listo para asestar la estocada definitiva. El zumbido del ordenador crecía, el perro ladraba con mayor insistencia y el sueño le quemaba en los ojos. Pero los dedos continuaban sobre el teclado. Por la ventana se colaba una brisa ligera –aunque suficiente para agitar las ideas estancadas- y a ella lo último que le apetecía era levantarse de la silla y dejar de escribir.

"La mañana"

"La mañana"
BERTA FERRER


Desde la ventana se veía el mar. A ratos verde y cristalino; otras veces azul y opaco, como un manto espeso, insondable. Los días de lluvia, cuando llegaba septiembre, se enfurecía. Despedía al verano con olas que se embravecían al compás del viento iracundo y echaban espumarajos al chocar contra las rocas de la costa. Mi madre nos preparaba ‐a mis hermanos y a mí‐ vasos de leche con miel y nos acurrucábamos junto al cristal para contemplar el cielo que se deshacía sobre el mar. Eran tardes de sueños inacabables: barcos que naufragaban, tesoros escondidos bajo la arena, mensajes ilegibles encerrados en botellas de vidrio...

Pasaba la tormenta y volábamos por las escaleras, empujándonos los unos a los otros, impacientes por salir al fresco del exterior. <<Coged las chaquetas, no os vayáis a resfriar, por el amor de Dios>>, gritaba mamá desde la cocina, los brazos cruzados y siempre la misma cantinela entre los labios. <<Y que no se despiste vuestra hermana>>. Y yo me enfurruñaba y escapaba fingiendo odiarla, por tratarme como a la niña pequeña que aún era.

Al llegar a la playa, olvidábamos los zapatos en un punto elegido al azar y corríamos descalzos por la arena, que se hundía húmeda bajo nuestros pies. Rescatábamos entonces las historias que habíamos inventado y jugábamos con desenfreno hasta perder el aliento. Caíamos rendidos y nos tumbábamos a contemplar el cielo gris que convertía el mar en ónice. Respirábamos salitre y escuchábamos las olas romper a nuestros pies. Reíamos de cansancio, empapados de felicidad.
Cuando las campanas de alguna iglesia cercana nos avisaban de que se acercaba la hora de cenar, arriábamos velas y nos precipitábamos a la bocana del puerto. Mi hermano mayor me cogía de la mano y tiraba de mí, con delicadeza a pesar de que fruncía el ceño y se quejaba de que me rezagaba, de que íbamos a llegar tarde. Pero siempre lográbamos sentarnos en el muelle, cortos de aliento y con las piernas colgando sobre el agua turbia, a tiempo para ver cómo el faro se encendía con las últimas luces de la tarde.

Con los ojos puestos en el foco de luz, que bañaba las aguas con intermitencia, contábamos mentalmente hasta diez; a veces, hasta veinte. Solía ser yo la primera en avistar la silueta a lo lejos, todavía un insignificante punto en la lejanía. Me tragaba el grito de emoción y dejaba que otro me señalara con entusiasmo la figura que se iba acercando desde el horizonte anaranjado.
‐¿Lo ves, Ni? Ya llega.


Conteníamos el aliento mientras el barco pesquero avanzaba hacia el puerto y maniobraba con lentitud para encontrar su sitio entre tantos navíos.
Desde el muelle se escuchaban las voces de los pescadores que vociferaban con alegría por el fin de la jornada. Desembarcaban de un salto y nos miraban de reojo, preguntándose qué hacían unos críos como nosotros allí parados, observándolos con tanto interés.

Descendía el último marinero y repicaban de nuevo las campanas de la iglesia. Era hora de volver a casa, pero nos demorábamos unos segundos más, con la vista clavada en el mar que comenzaba a diluirse entre las sombras de la noche. Regresábamos en silencio y cabizbajos hasta nuestra puerta, donde inconscientemente nos colocábamos en círculo y nos sonreíamos unos a otros. Era un pacto mudo entre hermanos. Luego, subíamos la escalera a saltos, creando el mismo alboroto que cuando nos habíamos ido. Nuestra madre nos esperaba junto a la ventana, con los brazos cruzados sobre el regazo y los ojos melancólicos perdidos en la oscuridad del exterior. Corríamos hasta ella y nos sentábamos a sus pies. La aturdíamos contándole las aventuras de la tarde, hasta que yo, nombrada portavoz por ser la más pequeña, le susurraba en el oído la frase que traía ensayada desde la playa:
‐Mañana, mamá... Mañana vuelve a llover y llega el barco que estamos esperando.‐ Y me abrazaba con fuerza a su cuello–. Mañana, ya lo verás, papá cenará con nosotros.

A ella se le iluminaba el rostro y la noche se llenaba de historias inacabables; barcos que naufragaban, tesoros escondidos bajo la arena, mensajes encerrados en botellas de vidrio... 

"Mañana"

Berta Ferrer.



Desde la ventana se veía el mar. A ratos verde y cristalino; otras veces azul y opaco, como un manto espeso, insondable. Los días de lluvia, cuando llegaba septiembre, se enfurecía. Despedía al verano con olas que se embravecían al compás del viento iracundo y echaban espumarajos al chocar contra las rocas de la costa. Mi madre nos preparaba -a mis hermanos y a mí- vasos de leche con miel y nos acurrucábamos junto al cristal para contemplar el cielo que se deshacía sobre el mar. Eran tardes de sueños inacabables: barcos que naufragaban, tesoros escondidos bajo la arena, mensajes ilegibles encerrados en botellas de vidrio...
Pasaba la tormenta y volábamos por las escaleras, empujándonos los unos a los otros, impacientes por salir al fresco del exterior. <<Coged las chaquetas, no os vayáis a resfriar, por el amor de Dios>>, gritaba mamá desde la cocina, los brazos cruzados y siempre la misma cantinela entre los labios. <<Y que no se despiste vuestra hermana>>. Y yo me enfurruñaba y escapaba fingiendo odiarla, por tratarme como a la niña pequeña que aún era.
Al llegar a la playa, olvidábamos los zapatos en un punto elegido al azar y corríamos descalzos por la arena, que se hundía húmeda bajo nuestros pies. Rescatábamos entonces las historias que habíamos inventado y jugábamos con desenfreno hasta perder el aliento. Caíamos rendidos y nos tumbábamos a contemplar el cielo gris que convertía el mar en ónice. Respirábamos salitre y escuchábamos las olas romper a nuestros pies. Reíamos de cansancio, empapados de felicidad.
Cuando las campanas de alguna iglesia cercana nos avisaban de que se acercaba la hora de cenar, arriábamos velas y nos precipitábamos a la bocana del puerto. Mi hermano mayor me cogía de la mano y tiraba de mí, con delicadeza a pesar de que fruncía el ceño y se quejaba de que me rezagaba, de que íbamos a llegar tarde. Pero siempre lográbamos sentarnos en el muelle, cortos de aliento y con las piernas colgando sobre el agua turbia, a tiempo para ver cómo el faro se encendía con las últimas luces de la tarde.
Con los ojos puestos en el foco de luz, que bañaba las aguas con intermitencia, contábamos mentalmente hasta diez; a veces, hasta veinte. Solía ser yo la primera en avistar la silueta a lo lejos, todavía un insignificante punto en la lejanía. Me tragaba el grito de emoción y dejaba que otro me señalara con entusiasmo la figura que se iba acercando desde el horizonte anaranjado.
-¿Lo ves, Ni? Ya llega.
Conteníamos el aliento mientras el barco pesquero avanzaba hacia el puerto y maniobraba con lentitud para encontrar su sitio entre tantos navíos.
Desde el muelle se escuchaban las voces de los pescadores que vociferaban con alegría por el fin de la jornada. Desembarcaban de un salto y nos miraban de reojo, preguntándose qué hacían unos críos como nosotros allí parados, observándolos con tanto interés.
Descendía el último marinero y repicaban de nuevo las campanas de la iglesia. Era hora de volver a casa, pero nos demorábamos unos segundos más, con la vista clavada en el mar que comenzaba a diluirse entre las sombras de la noche. Regresábamos en silencio y cabizbajos hasta nuestra puerta, donde inconscientemente nos colocábamos en círculo y nos sonreíamos unos a otros. Era un pacto mudo entre hermanos. Luego, subíamos la escalera a saltos, creando el mismo alboroto que cuando nos habíamos ido. Nuestra madre nos esperaba junto a la ventana, con los brazos cruzados sobre el regazo y los ojos melancólicos perdidos en la oscuridad del exterior. Corríamos hasta ella y nos sentábamos a sus pies. La aturdíamos contándole las aventuras de la tarde, hasta que yo, nombrada portavoz por ser la más pequeña, le susurraba en el oído la frase que traía ensayada desde la playa:
-Mañana, mamá... Mañana vuelve a llover y llega el barco que estamos esperando.- Y me abrazaba con fuerza a su cuello–. Mañana, ya lo verás, papá cenará con nosotros.
A ella se le iluminaba el rostro y la noche se llenaba de historias inacabables; barcos que naufragaban, tesoros escondidos bajo la arena, mensajes encerrados en botellas de vidrio...

"La casa"

Berta Ferrer.



La primera impresión que tuvo fue que la casa no existía. La segunda, que era de cristal. Y al observarla con más detenimiento, empezó a distinguir la estructura de acero pintada en blanco que se destacaba sobre el entorno verde. Era como si una mano hubiese dejado caer una caja en mitad del bosque, apoyándola en unos puntos mínimos que la levantaban del suelo; parecía flotar entre los árboles.
Eva Ink subió los cuatro peldaños de piedra clara que conducían a la terraza. Se trataba de una plataforma lisa y rectangular. Un simple prólogo al interior al que seguían cinco escalones más. La chica miró a su alrededor, divertida. Estaba dentro de la casa, pero lo mismo podría haber estado fuera. El vidrio que conformaba el cerramiento completo de la fachada se diluía con el exterior y dejaba el camino abierto a la ambigüedad. La caja parecía disolverse en las esquinas. Nunca había visto nada semejante.
En el pueblo contaban que la casa estaba encantada. Había pertenecido a una aristócrata inglesa que años atrás se había trasladado a lo más profundo del continente americano sin una razón aparente, dando pie a las más dispares habladurías. Unos afirmaban que la señora había escapado de su país natal forzada por las circunstancias de la guerra. Otros, creían que su prometido la había abandonado el día de su boda para fugarse con la doncella. De lo que no había duda era que fue una mañana de domingo, seis meses después de su repentina aparición, cuando la mujer se desvaneció sin dejar rastro. La casa quedó abandonada en el bosque, sin que nadie osara acercarse a ella por miedo de tropezar con el espíritu que, decían, rondaba entre sus paredes.
Más de medio siglo había transcurrido desde que aquella mujer, cuyo nombre nadie se había preocupado en recordar, desapareciera. Sin embargo, la historia seguía viva entre los habitantes del pueblo. Eva Ink sonrió al entender que los relatos de fantasmas con los que había crecido eran pura fábula. Si alguien hubiese tenido interés en visitar el lugar, se hubiese dado cuenta de que una casa así, tan volátil y sólida a la vez, no podía estar encantada.
Paseó entre el escaso mobiliario del interior, percatándose sólo entonces del estado ruinoso en que se encontraba la vivienda. La madera del mueble principal, un prisma que se alzaba del suelo al techo, alrededor del cual se organizaban las distintas estancias diáfanas, estaba carcomida e hinchada por la humedad. Los cristales que constituían el perímetro de separación con el exterior estaban agrietados y una gruesa capa de polvo cubría el suelo. Resultaba evidente que la decadencia se había adueñado de cada milímetro de aquella caja de vidrio deshabitada.
Eva sintió el deterioro como algo propio. Un dolor punzante le oprimía el pecho. De algún modo, el abandono que la rodeaba era en parte culpa suya. Era consciente de que se trataba de una idea absurda, pero no podía quitársela de la cabeza. A través de las historias que contaban en el pueblo, la casa había estado presente a lo largo de toda su vida y, sin embargo, jamás la había visitado. De haberlo hecho, podría haber evitado que la vivienda quedara a merced del paso del tiempo.
La fascinación que en un primer instante Eva Ink experimentó por el edificio, fue creciendo a medida que iba conociéndolo mejor. Cada tarde, después del trabajo, se acercaba al lugar y dejaba correr las horas dentro del reducido espacio interior, que parecía infinito. Limpiaba el suelo, barnizaba la madera y reparaba los desperfectos del mobiliario. Aprovechaba los días en que no trabajaba para acometer las tareas de reparación más costosas: le daba una nueva capa de pintura blanca a la estructura, recomponía los cristales y arreglaba los desperfectos del pavimento de la terraza. Poco a poco, la casa fue cambiando de aspecto. Ya no inspiraba lástima. Recuperaba el aura de transparencia original. Y con cada progreso, Eva se sentía más unida a aquella construcción minimalista que la acogía como una pieza más de su composición.
En el pueblo, comenzaron a extrañarse de sus largas ausencias. Todos sabían que la chica vivía obsesionada con la casa, pero nadie se atrevía a hablar de ello en voz alta. Eva se percataba de las miradas de preocupación de la gente, de sus silencios pesados cuando pasaba por su lado. Y no entendía aquella actitud. Porque cuando se miraba en el espejo no veía su extremada delgadez, ni las ojeras que le ensombrecían el rostro. Cuando no estaba en el bosque sólo pensaba en volver allí. No comía, no prestaba atención en el trabajo, no se relacionaba con nadie. Apenas dormía. La consumía la desazón por estar lejos de la estructura blanca que se había convertido en el único interés de su vida.
La primera noche que pasó entre los cristales de aquella caja, sintió miedo. Estaba completamente sola. Con la luz encendida, los árboles del exterior se fundían con la oscuridad y una negrura penetrante oprimía los cuatro lados de la vivienda. Eva Ink se tropezaba con su propio reflejo en cada pequeño movimiento que realizaba. Era como tener una presencia constante junto a ella. Sin embargo, al apagar la lámpara no se tranquilizó. Escuchaba el murmullo de las ramas de los árboles y el silbido del viento al rozar los pilares metálicos. Se estremecía con los crujidos de la madera. Lo único que lograba calmarla era el sonido de las manecillas del reloj, al que se aferró como a un salvavidas, luchando por no hundirse en aquellas tinieblas insondables.
Esperó a que los primeros rayos de sol entraran por los cristales para levantarse de la cama. A la luz del día, las horas de insomnio parecían diluirse entre la bruma de la consciencia, pero no así su decisión de marcharse. Recogió con rapidez las cosas que había traído consigo y se dirigió a la puerta sin echar una última ojeada a su alrededor. Tenía prisa por salir del lugar que tan bien se había aprendido. Giró la llave en la cerradura y tiró del pomo. La puerta no se abrió. Volvió a tirar con más fuerza, pero la madera se había encallado y no cedía. Probó una vez más. Nada. Sintió que el pánico se traducía en sudor frío mientras forcejeaba inútilmente con la carpintería hasta caer al suelo, abatida de cansancio. Estaba encerrada.
Fue entonces cuando la vio. Una figura encorvada, al otro lado del cristal. Era una anciana de pelo escaso que sonreía mostrando unos dientes amarillentos. Eva Ink la reconoció al instante, porque aquellos ojos, que de tan azules parecían blancos, se los había imaginado en infinidad de ocasiones al escuchar las historias de los viejos del pueblo. La sangre se le heló en las venas. Cuando la aristócrata inglesa la saludó con la mano, antes de perderse en la espesura del bosque, Eva respondió con un grito desgarrador, que rebotó contra el vidrio impecable. Nadie la oyó. Porque Eva Ink se había desvanecido. Había quedado atrapada tras una puerta que nadie se atrevería a abrir por miedo de tropezar con el espíritu que, decían, rondaba entre los cristales.
 

"Zozobra"

Berta Ferrer.



El viento soplaba frío. Gélido. Cortaba. Formaba infinidad de cuchillos que se clavaban en sus mejillas y se colaban por los resquicios de su abrigo mal abrochado. Le costaba respirar, más por la fuerza con que se aferraba a la barandilla que por el ataque de ansiedad que había sufrido minutos antes. Su estómago parecía haberse calmado, reduciendo las arcadas a un malestar indefinido. Levantó la cabeza varios milímetros y abrió los ojos. El mar Báltico frente a ella. Gris. Opaco. La línea del horizonte una nube de humo en la lejanía.
Odiaba los barcos desde que, de pequeña, su padre la obligara a acompañarlo en las épocas de pesca, aunque luego estuviera enferma durante dos días, que era el tiempo exacto que duraban sus mareos. Dos días, con sus noches, en los que tenía que soportar las burlas de sus dos hermanos mayores que disfrutaban con las lágrimas que asomaban a sus ojos de niña cuando la tachaban de debilucha. Corría entonces a la habitación de papá y se colaba entre las mantas, temblando, sin entender por qué no podía permanecer en casa mientras ellos se hacían a la mar.
-No puedes quedarte siempre aquí. Tienes que ver mundo, Carol.
Muchas cosas habían cambiado desde entonces. Ella ya no era una niña, ni su padre le llenaba las conversaciones con indicaciones de marinero. Hacía seis años que se había alejado de su lado, pero hasta hacía seis días no se había dado cuenta del silencio que la envolvía. El ruido desagradable del teléfono resonando entre las cuatro paredes de su habitación le había hecho entender que algo sucedía. Al otro lado de la línea escuchó la voz de Hugo, su hermano mayor. Aunque no le hubiese dado la noticia, Carol la habría adivinado de igual forma. “Papá ha muerto”.
Buscó las lágrimas, pero no las encontró. Las sustituyó un temblor en el estómago, una zozobra en el alma que le traía memorias de la última vez que había subido con su padre a una embarcación. Y el mareo, semejante al que sentía en ese preciso momento, que la estremecía de arriba abajo, vaciándola sin tregua.
El camarote se balancea de un lado a otro. Tac, tac. Choca el barco con el agua que juega a desequilibrarlo. Tac, tac. Alguien grita a lo lejos. La niña cierra los ojos y reza, temiendo que con el escándalo de la tormenta difícilmente se escucharán sus súplicas en alguna parte. Quiere que las varillas del reloj de la pared, que con las sacudidas se ha caído al suelo, den marcha atrás; que vuelva a ser de madrugada y estén a salvo en casa. Intenta convencerse de que aquello es tan solo una pesadilla. En cualquier momento sus hermanos vendrán a despertarla con sus burlas habituales. Carol, Carola, Caracola. Oye esas mismas voces llamándola. Corre a buscarlas, pero el pánico la paraliza al atravesar la puerta. La imagen la deja sin respiración. Frente a ella, el mar embiste desquiciado. Enfurecido. Montañas por olas que en su cólera suben y bajan tragándose a trozos la embarcación.
Saca el poco valor que sus trece años le permiten y camina por la cubierta con paso vacilante, agarrada con fuerza a la barandilla. Tiembla. No se da cuenta, pero las lágrimas han empezado a correr por sus mejillas, mezclándose con el agua que la golpea desde todos los ángulos.
-¡Jan!
Grita al ver a su hermano acercándose hacia ella, calado hasta los huesos. La alcanza con una sonrisa titubeante en los labios que la chiquilla agradece por el esfuerzo. La rodea con un brazo y le dice que se agarre a él. Van a subir hasta la cabina para reunirse con Hugo y con papá.
Ascienden por las escaleras metálicas lentamente, con dificultad. Trastabillando con los zarandeos del barco. Desde arriba, el paisaje todavía es más estremecedor. Un delirio en gris oscuro.
Una ola, más osada que las demás, comienza a alzarse amenazadora. El suelo se inclina peligrosamente. Jan aprieta a la niña contra él y se impulsa para vencer los últimos escalones. Están a pocos pasos de la puerta cuando todo se acaba. El cielo se funde con el agua y se rompe en mil pedazos, derrumbándose sobre su cabeza y sumiéndolos en la más completa oscuridad.
Había imaginado infinidad de ocasiones aquella situación. Qué diría, qué haría, qué sentiría cuando volviera a casa. Todo, menos que él no estaría allí para recibirla. La sobrecogía la fragilidad del destino. La forma en que, en un instante, un millón de frases podían quedarse sin decir.
Era temprano. La grava del camino crujía bajo sus pies, aún húmeda por la lluvia reciente, y el frío se acompasaba a su respiración con un vapor blanquecino que se arremolinaba en las comisuras de los labios tras cada exhalación. Traía consigo recuerdos de una mañana semejante seis años atrás.
-¿Dónde vas a estas horas, Carol?
La voz de su padre surgió con tal fuerza de las capas más profundas de la memoria que, por un momento, creyó que lo encontraría de pie, junto a ella. Contuvo el aliento antes de girar la cabeza de un lado a otro y buscarlo con la mirada. Esperaba ver los mismos ojos cansados que madrugaron para despedirla, aun cuando no le había dicho que se marchaba. Pero el cementerio estaba vacío y únicamente su figura desgarbada truncaba la armonía horizontal de las lápidas.
-Necesito irme de aquí.
Podía rememorar sus propias palabras con claridad, como si las pronunciara en aquel momento; y también la vacilación que había sentido al ver a su padre bajar la escalera, sin saber qué decir para que aquella salida no pareciera una huida en toda regla. Él había entendido su silencio y la había abrazado sin añadir nada más. Carol aún se culpaba por no haber tenido el valor de ponerle voz a lo que ambos ya sabían: que había demasiados fantasmas entre ellos.
Se detuvo delante de la tumba que había venido a visitar. Un ligero mareo le embotaba los sentidos. Eran tantos los sentimientos encontrados que la sensación de ingravidez la dominaba por completo. Parecía flotar. El viento mecía las letras blanquecinas del nombre que tenía frente a ella, grabado sobre el mármol oscuro. Papá. De repente, olía a salitre y el rumor de las olas le llegaba desde lejos. Tac, tac.
La niña abre los ojos. Tarda varios segundos en ubicarse. Está acostada en un sofá. Calma a su alrededor. Y silencio. Varias mantas la arropan y su padre está sentado junto a ella, acariciándole el pelo. Enseguida reconoce el camarote y siente el suave vaivén que lo balancea. Ve a Hugo agazapado en una esquina, la cabeza escondida entre las rodillas. Está empapado.
-Jan…
Al pronunciar el nombre y ver la palidez que asoma al rostro de su padre, la suposición se hace certeza. Y la niña deja de ser una niña. Han pasado quince años. Y hay dos lápidas a sus pies. Viene a disculparse por la cobardía infantil con la que ha estado jugando. Hugo está a su lado y la abraza. Bienvenida a casa, Carol.
Llueve cuando se alejan del cementerio. Goterones largos que mojan su pelo y resbalan por sus mejillas. Son las lágrimas que no tenía.