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"El ático helado"

Sara Mehrgut.



En el puerto se cuenta la historia del ático helado, cómo recibió su nombre y por qué los marineros aún le extrañan. Hablan de Aguaviva, la tabernera de dudosa reputación, del capitán Oliver, la sombra de Peter Pan, y de mí, como no, del perfumado gordito del labial rojo. Y quizás, como la historia se ha relatado tantas veces ha echado raíces en la memoria del pueblo.
Así pues, conociendo lo valioso de los minutos que se escapan y dejando la realidad a vuestra elección, traeré mi nefasto recuerdo a este cuarto y el pasado vivirá mientras los silencios abracen mis palabras.
En ella, como en todos los relatos eternos, hay cosas buenas y malas, blancas y negras, santas y perversas. No obstante, en el corazón del que lo narra jamás hallareis medias tintas.
Me desperté totalmente a oscuras. Aquella noche no había estrellas en el puerto y tan solo el familiar paseo del faro consiguió situarme. Unos tábanos zumbaban pesados, insistentes. El petróleo formaba charcos relucientes de miel fundida en el suelo, bajo el ámbar de los farolillos. Saqué un espejo redondo del bolsillo y vi mi rostro deformado, los rizos brillantes que por aquel entonces bailaban sobre mis hombros. De mis labios no había desaparecido el maquillaje y mis diminutos ojos oscuros se perdían en el reflejo. Luego, incomodo por el frío, fui en busca de una pequeña pensión cuya dirección había anotado antes en la etiqueta de una botella.
A mi espalda despertaba la vida nocturna del astillero, tras diez ventanas resplandecientes que iluminaban como una cascada de luz la hilera negra de los botes; en la puerta reía una pequeña muchacha. Señalaba con un cigarro a una pareja que caminaba a cinco o seis pasos de distancia. Él balaceaba las manos, como si acabara de soltarse del brazo de la altísima mujer que lo seguía, a fin de que no los viesen pasar juntos bajo la viva luz de los globos de la puerta.
El tamaño de aquellos tacones sacudió por instinto mi curiosidad. Despegué mis sudorosos dedos de la botella y la abandone con sus señas. Ya estaban, si no mis pasos, mis intenciones encaminadas hacia aquella taberna.
-¿Qué es lo que haces?... ¿A dónde vas?
No respondí de inmediato. Aquella niña obstaculizaba la entrada. Era tuerta, tenía un rostro blanco y fino y una mirada penetrante. A pesar de que apenas su mentón alcanzaba mis caderas, se trataba ya de una mujer. Luego, como ella repitiera la pregunta, airado, me decidí a contestar:
-Me parece que lo ves bien… Busco calmar mi sed y descansar junto a un fuego.
Dejé que me observara de forma prolongada. No acostumbro a tener paciencia. Mi cabeza latía constante y dolorosa. Tras tres largas caladas y después de un nuevo silencio agregó:
-¿Tienes, acaso, dinero? Soy Aguaviva, la dueña del local.
-¿Dinero?... ¡Claro que tengo dinero!
Al tiempo en que vacié sobre su palma las monedas de mi bolsillo, se abrió la puerta con estruendo. Se trataba de aquel hombre. Blandía sobre su mano una larga navaja y en la comisura de los labios lucia sendas cicatrices alargadas.
-¿Qué sucede? -inquirió el capitán.
-No me extraña que salgas a recibir a nuestro huésped -rio cantarina Aguaviva, y creí ver enrojecer al capitán-
-Viene a disfrutar de mi palacio, quizás de la compañía que yo contemple presentarle. Vuelve a tu barco, Oliver, y no metas tus cuchillos en mis asuntos.
-¿No te habrá mentido? –sondeó acercando sus ávidos dedos a las monedas. Aguaviva cerró el puño y volvió el rostro hacía mis ropas.
-No, señora- me apresuré, para finalizar su examen.
-¡No me llames “señora”! Solo lo advierto una vez; pasa al interior; el capitán Oliver apreciará tu conversación.
Él señaló con la crudeza de su navaja el único ojo con el que la mujer se defendía y, tras permitirme cruzar el umbral de la taberna, se perdió entre las sombras del puerto.
Tras aquella noche se desencadenó el juicio por homicidio más extraño de la región.
Era uno de esos casos relacionados únicamente con pruebas circunstanciales, en los que la ansiedad de los miembros del jurado, al haberse cometido errores evidentes, hace enmudecer la sala. La asesina había sido descubierta con el arma homicida en la mano, una afilada navaja.
Cuando el fiscal presentó el caso, ninguno de los presentes pensó que aquello fuera más allá de un ajuste de cuentas. Aguaviva había hecho justicia ante el hombre que le arrebató la vida a su marido y desfiguró su rostro.
La versión oficial cita cómo llegué a entrar en aquella escandalosa taberna y a consumir con cada trago mi conciencia. Dicen que borracho, a modo de tantos otros, ignoré los gritos y feroces aullidos del capitán en el ático. Enajenados, como siempre subsisten quienes pertenecen más al océano que a la tierra, los marineros no dudan en llamar terremoto al temblor de las paredes. Pero era, allá arriba, mi pulso quien buscaba el cielo a martillazos.
Recuerdo que, al no conseguir terminar la segunda copa, busqué descanso. Su pequeña falda bailaba, abriéndome camino sobre los peldaños. Ella tarareaba una cancioncilla mientras con los dedos de la mano derecha hacía desaparecer y aparecer de nuevo una llave.
-Aquí encontrarás un buen jergón para descansar. Lamento no tener habitaciones; no obstante, el ático es el lugar más cálido y menos ruidoso. -Miraba sus rápidos dedos; la acción era mecánica, precisa. Me entregó la llave.- Lo cierto es -continuó- que creí que buscabas otra cosa en el local y me alegro de haberme equivocado. -No dije nada, estaba cansado y harto de especulaciones, pero ella vacilaba-. ¿De verdad no quieres la compañía del capitán? Tiene cierta fama…
Los ojos de Aguaviva tenían entonces una mirada firme y cruel, como la de un halcón, mientras el resto de su rostro sonreía con cordialidad. Di un portazo y eché la llave.
La ventana era redonda, minúscula, y el viento iba y venía silbando entre las rendijas y las conversaciones del porche.
-Lo lamento -repetía una y otra vez una voz masculina-. No, no es la existencia la que lamento perder, es la ruina de mis proyectos. Pero no quiero hacerte daño. El mar ha cambiado y ya sabes que mi humor lo acompaña. No volverá a suceder–insistía.
-¡Y a mí que mi importa eso! –reconocí la voz de la tabernera-. Igual tú y tus manías mientras no te metas en mis asuntos. Ya me robaste un ojo. La libertad me salió muy cara.
-…pero eres más feliz.
-¡¡Mientras te alejan las olas!! ¡Suéltame! Ya sé qué estás buscando –declaró con sorna-. Él, anhelante, te espera en el ático.
-¿Será cierto?
-¡Corre, malnacido! ¡Corre a su encuentro!
A las palabras de Aguaviva les siguió un silencioso lamento. Oyéronse en las escaleras y corredores los precipitados pasos del capitán. Confieso que el espanto me clavó junto a la puerta mientras el picaporte viraba a la izquierda.
Aunque aturdido y sofocado, tuve sin embargo suficiente presencia de ánimo pare contener la respiración. Como llevaba la mano derecha preparada, un puñetazo sacó al intruso de la sala en el mismo segundo en que se proponía cruzarla.
El capitán se mordió los labios hasta saltársele la sangre. Sufría al no poder dar rienda suelta a su furor. Comprendiendo que en tales circunstancias el ridículo estaría de su parte, ya había empezado a alejarse de la entrada del ático, cuando reflexionando, volvió sobre sus pasos.
Por su frente acababa de cruzarse una nube dejando, en lugar de la razón, las huellas del orgullo ofendido. No había perdido de vista su navaja. Y en el momento en que se abalanzó sobre mí, se la arrebaté de la mano. Luego cayó a mis pies, llevando tras su pecho el golpe mortal de su cuchilla.
-¡No! –gritó Aguaviva, que cayó sobre el rellano-. ¡No! -murmuró asfixiándose, inmóvil.
-¡Adiós mundo!... –gritaba él con sus últimas fuerzas-. Pero… quién... No veo... Mil puntas aceradas me atraviesan el pecho.- Ella cogió su cabeza-. ¡Oh! ¡No me toquéis, no me toquéis!...
Tenía los ojos completamente fuera de las órbitas, la cabeza caída hacia atrás y el cuerpo rígido.
-¿Dónde estoy?... ¿Dónde me encuentro?...

Pálida, cual si una venenosa serpiente hubiera aparecido a sus ojos, dejó caer una mirada helada sobre el desgraciado que agonizaba.
-En el mar, Oliver. Hay tormenta.
-No escucho las olas ni el viento.
-La ventana -musitó sin siquiera mirarme.
No había forma de abrir aquel ventanuco. En ese instante la oscuridad era completa. Los primeros truenos de la tormenta que se avecinaba comenzaban a resonar. Una gruesa nube de refulgentes franjas, como heridas, se extendía de un lado a otro del horizonte.
-¡Inútil! -bramó airada la dueña, martillo en mano.
De un solo golpe todo el cristal se desprendió del marco.
-Aguaviva… Aguaviva… -. El capitán la llamaba en su último aliento-. Sácame a cubierta. Antes de morir deseo sentir el viento del océano.
Luego, intentando incorporarse, gritó con una especie de desesperación:
-Dejadme llegar a la cubierta... ¡No pido la libertad, sólo pido mi vida!
La pequeña relajó el puño, dejando caer el martillo y las lágrimas comenzaron a fluir por su rostro, empapando al navegante. Fue entonces cuando me apoderé de la herramienta y, confundidos con los truenos, los golpes del martillo derribaron la pared Este de aquel ático.
De rodillas y con el arma en la mano, encontré muerta a Aguaviva. No advirtió la luz, como no había advertido el vendaval mientras cubría de besos a su amado. Hasta la aurora vino sin que ella lo advirtiese. Sucumbió de pena en sus brazos.
Les hallaron envueltos en una fina escarcha. Decretaron que ella murió dormida. Helada.
 


"Aún el cielo es azul"

Sara Mehrgut.



Estábamos en la biblioteca cuando entró el jefe de estudios, seguido de la psicóloga y un muchacho de un curso superior cargado con muchos panfletos. Los que alborotaban se callaron. Todos observamos a la psicóloga cómo si sus zapatos hubieran roto el silencio.
El jefe de estudios hizo seña de que volviésemos al trabajo. Luego, con otro gesto, la psicóloga mandó que nos repartiesen la información sobre los posibles estudios al terminar el instituto y se acercó a Tom Aguaviva, al que dijo a media voz:
-Tomás, ¿qué es eso de que quieres volar?
El muchacho, que estaba sumergido en las primeras páginas de una pequeña novela, no contestó. La psicóloga le repitió la pregunta un poco más alto. Todas las cabezas se dirigían hacia ellos. Algunos se rieron.
Al fin Tom, algo asustado, cerró el libro: Frankestain.
-Sí, quiero volar.
-¿Has pensado en ser piloto?
-No, ya le he dicho que YO quiero volar –había bajado el tono para después exagerar el yo con los labios.
Tom Aguaviva estaba situado en la esquina, junto a la ventana, de modo que la luz recortaba su silueta. Era un chico rubio de diecisiete años y, aunque bajo, tenía aspecto de ser más mayor que los demás. Llevaba una sudadera turquesa ajustada y solían asomar sus calzoncillos por la cintura. Aunque era de aptitud alegre, no acostumbraba a sonreír; cuando lo hacía, sus mejillas se arrugaban mucho y parecía aún más mayor. Las manos, siempre pintarrajeadas de boli, eran tan alargadas que sus dedos parecían terminar en punta. Calzaba deportivas, no muy limpias, según la moda.
Sonó el timbre y la mayoría de los alumnos se marcharon al patio. La psicóloga los miró con atención y Tom a ella, sin atreverse a volver a la novela.
Teníamos la costumbre de, al finalizar las clases, silbar por la ventana a las chicas del edificio de enfrente. Había que hacer un sonido largo y agudo para que ellas se dieran por enteradas, de manera que alguna levantase la cabeza y luego la agachase sonrojada. Aquel era nuestro estilo.
Pero, bien porque no juzgase correcta nuestra actitud o simplemente porque quisiera quedarse a solas con Tom, con muy mala cara la psicóloga nos ventiló rápido de la biblioteca.
Hizo un gesto con la mano imitando al jefe de estudios, pero le faltaba la fuerza de aquel hombre, una actitud que viene de dentro y ella quería que nadase en su mirada teatral y amenazadora. Era una de esas miradas que nunca llegarán a transmitir respeto, en la que se encuentran reunidas la prepotencia, la inseguridad, la autoafirmación, la rabia y el miedo; en fin, una de esas poses cuya muda ridiculez nos inspiraba tanta lástima que decidimos marcharnos. Patético.
-No era ningún juego… Explícame esto –inquirió la psicóloga presentándole su redacción.
-Sencillamente, quiero volar -unió sus largos dedos-. Volar sin aparatos… Quiero descubrir cómo conseguirlo.
La psicóloga sonrió más relajada y se sentó. En su expresión se reflejaba un <<es confortante saber que sólo es un alumno inmaduro>>.
-No eres el primero que va detrás de ese empeño. No obstante, Tom, eso que deseas es imposible -. El joven alzó las cejas y ella continuó-. ¿Por eso escogiste Ciencias a pesar de lo que indicaban los test del curso pasado?
Tom afirmó con la cabeza y no dijo nada. La psicóloga esperó. Al principió le observaba inquisitiva mientras él mantenía su mirada. Luego se levantó y le dio la espalda. El día era gris pero de luz hermosa. Sevilla es envidiable incluso con el cielo encapotado. Un rato después la lluvia repicaba con fuerza. Podría acabar en granizo… Ella salió de su ensoñación.
-Te vas a mojar –le dijo.
-Vivo cerca.
Tom guardó la novela en la mochila. Al ir a cruzar el umbral de la puerta, escuchó que ella se acercaba.
-Sólo… ¿Y el empeño de los aparatos?
Él sonrió, con una de esas sonrisas arrugadas y adultas, y señaló la ventana.
-Aún el cielo es azul.
 


"Me gustan los hombres"

Sara Mehrgut.



Para que negarlo; me gustan los hombres. De ciudad, de campo y del mundo. ¡Todos! Me gustan con veinte, con treinta y cinco, con cincuenta y pico...
Me gusta más el soldado americano que el dulce panadero, pero éste me gusta también.
Me gustan con pantalones pitillo, con el chándal, con corbata estrafalaria, con patillas gigantescas, recién afeitados o cuando te besan en el carrillo y te pica. De uniforme y sin chaqueta, con más melena que yo, cuando usan gafas supermodernas. Me gustan sosos y atrevidos. Altos y bajos, reservados, con voz ronca… Me gustan.

Me gustan en el autobús y me gustan en su despacho. Me gustan en la biblioteca, al mirarlos de reojo, y en el supermercado. Los que pasan por mi ventana y aquellos con los que cruzo la mirada. Me gustan cuando viven el fútbol y cuando me piden una caña. Me gustan los que me abren la puerta y los que no me dirigen la palabra.
Me gustan optimistas como la lechera y dandys, como los que me presentó Austen en sus libros. Me gustan los que se tropiezan. Me gustan mucho cuando cantan. Los artistas buenos y malos, de la derecha o de la izquierda. Me gustan con un Colacao en la mano.
Me gustan con la piel azul y con la mirada clara. Los que cuando al hablar me meten en su cabaña. Con narices largas, con acento bonito y -aunque no lo comprendo- aquellos que ni al expresarse en castellano logro entender. Me gustan los que me hablan de Física Cuántica, los que tartamudean o los que de tan pedantes, ni los escucho. Los de mirada intensa y los que comen más rápido de lo que piensan.
Me gustan si me ruborizo y si me vuelvo borde. Me gustan los que tienen dudas y los que me dan respuestas. Me gustan a un kilómetro o, incluso, mucho más cerca, cuando me susurran detrás de la oreja. Me gustan profesores, hermanos de mis amigas, raperos, sibaritas de cafetería y hasta el niño pijo de la chaqueta amarilla. Me gusta a rabiar el sudanés de la orilla: su silueta negra recortada en el dorado azul, en la espuma.
Y por qué negarlo más:
…Me gustas tú, pero no digas nada.

"Voces"

Sara Mehrgut.



Mis lánguidos pasos se orientaron desde el portal en dirección al trabajo. Era un martes insípido. Anhelaba el medio día y su siesta y, sobre todo, mi almohada. En mis ojos, una cándida persiana pedía protagonismo ante la ventolera que azotaba el paseo.
Sin embargo, la mañana andaba ajetreada: muchos coches y los cafés en las terrazas. Toda mi atención se concentraba en abrir los ojos en el momentito justo, para evitar el choque con la olorosa entrega del repostero, con el niño que va a clase de mala gana o con una bicicleta. Ausente, como un maniquí… Eran los efectos de una claustrofóbica noche como la pasada.
Quizás estuviese enfermo… Al peinarme con las manos el cabello, percibí helados mis nudillos. Las palmas, las venas, la piel, pedían ser enguantadas. Mi mirada se empañó en su último pestañeo y sonreí con una mueca torcida. No más lágrimas, me supliqué tragando saliva: el cupo familiar estaba más que rebosado.
Cerré de nuevo los ojos al llegar al cruce. Concentrado en disipar el incipiente dolor de cabeza, escuché un lamento. Era un grito suave, casi silencioso pero agónico. Al momento, alarmado, miré a mí alrededor. Diríase que me comí con la vista todo lo que tenía a mi alcance, provocando que el resto de peatones que esperaban al semáforo me observaran con curiosidad. En algún sitio había leído que no descansar bien podía producirte alucinaciones...
Volví a escuchar el lamento, un agudo lloro, lejano, y entonces me convencí de que salía de mi mismo. Tenso y expectante, empapé mis labios resecos. Una niña con la naricita muy chata se rió de mis espasmos; su madre le atusó el brazo para que siguiera sus tacones a través del paso de cebra.
Sin más dilaciones me detuve frente a la puerta del edificio plateado, consciente de que, fuera lo que fuese aquello que provocaba mi cortocircuito mental, allí no iba a encontrar a nadie en quien confiar si algo marchaba mal en mi cabeza. Asomé la vista a través del ventanuco de cristal que rodea la puerta y, reparando en la afluencia del recibidor, me ajusté la corbata y entré.

Al sentarme en mi despacho, creí que volvían las voces. La palabra <<C-A-F-E-I-N-A>>, con cada una de sus letras, bailó sobre mi escritorio. Al punto me levanté y volví a ponerme la americana para salir de la oficina. Un golpe sordo sobre los zapatos me descubrió el interfono. Acababa de caer de uno de mis bolsillos. Me apoyé en el marco de la puerta y me lo acerqué con pulso tembloroso a la oreja. Mi mujer cantaba... Tras nuestra primera noche en vela por la fiebre y los lloros del pequeño, ella aún entonaba una animada nana.
 


"El cisne"

Sara Mehrgut.



La noche fue triste y húmeda en aquella urbe de calles desiertas. Jorge, que más tarde no estaría, se sentía paseando por Nueva York. Aquellas noches, el bar del Apolín Hotel lo único que negaba era el aire y él salía a caminar por las peligrosas callejuelas de la zona, para respirar. Se apoyaba en su corpulencia y así vencía al miedo y disfrutaba de la soledad, del silencio interrumpido, de la luz ambarina de las farolas, del olor a una mezcla de lirios y alcantarillas… Sí: Nueva York también olía a lirios.
El recuerdo, sin embargo, se fue disipando en su memoria. Después de cincuenta años, ya no es la Gran Manzana la que escuchaba al pasar.
El aire venia oloroso y dulce en Galway. Él volvía de trabajar y una extraña brisa le llevaba hacia delante. Hoy el maletín no pesaba y parecía que le empujase hacia el horizonte, que era una mancha parda y descarnada, un mar baldío. Cuando la última luz desapareció se escuchó un “gong” y Jorge, al mirar a través de las sombras, sintió un poderoso escalofrío y le invadió la incertidumbre. El frío aumentaba por momentos y empezó a caer una nieve fina como el polvo, de manera que no tardó en cubrirse todo de blanco.
Otro espasmo penetró en sus articulaciones. Soltó el maletín, que permaneció por unos segundos suspendido en el aire. Al punto, cayó mudo sobre el manto claro. El anciano se sobresaltó, pero dado que fue algo momentáneo, pensó que le habían traicionado los ojos de tanto forzarlos en la bruma. A continuación siguió andando hasta que una nueva sensación le perturbó. No hizo falta que descendiese la mirada para percibir que le faltaba el zapato derecho.
El viejo estaba sitiado por una blancura exquisita, <<casi palpable>>, pensó mientras se agachaba para alcanzar el mocasín. Pero no estaba ahí. ¿Cuándo lo perdió? No tenía más remedio que retroceder para buscarlo. Pese a todo la nieve no está tan fría, caviló mientras avanzaba en dirección contraria. A cada paso el calcetín se le entibiaba. Mientras el pie parecía percibir intensas vaharadas de calor seco, en los labios y en la punta de la nariz el viento le regalaba un beso de humedad. Una caricia almibarada.
Continuó andando hacia lo que presuponía que era el camino al trabajo, pero se trataba de un sendero mejor. Por primera vez no se sentía fatigado al tomar esta dirección. En su interior un canto alegre y rítmico crecía conforme avanzaba. Se sabía envuelto por la música, por la vitalidad y el jolgorio oculto del instante.
Abrió los ojos. Desconocía por cuánto tiempo habían permanecido cerrados. Los párpados, en vez de vencer la oscuridad se revelaban como velos blancos. Pestañeó con intensidad hasta que descubrió diferencias: en el exterior comenzaban a distinguirse otros tonos: sobre un halo marfil, el color verde, plateado y azul predominaban. También encontró topos rosas esparcidos por el paisaje. La intensa emoción que le produjo esa belleza fue casi dolorosa. Lo reconoció al instante: la bahía de Galway es hermosa hasta romperte los ojos.
Frente al borde de la ensenada reinaba una atmósfera de melancolía. Jorge apreció como la nostalgia comenzaba a invadirle. No obstante, desconocía qué era aquello que extrañaba, porque ya no recordaba nada. Aun así, no desaparecía la sensación de vaporoso desamparo.
Escuchó un chapoteo y el tañido de unas campanas graves. Mecánicamente se terminó de descalzar y se hundió hasta las rodillas en el agua helada.
Supo que los príncipes de la bahía se deslizaban cerca de él. Sin aviso, todo se torno más nítido y pudo ver cómo las majestuosas criaturas se acercaban a él. Su sombra plateada golpeaba como un puñal en las aguas.
Iba a morir. No; ya estaba muerto.

"El diecisiete"

Sara Mehrgut.




El número diecisiete miró hacia atrás y no vio a nadie. Sonrió. No llevaba nada mal la carrera, pero aun quedaba un largo tramo. El viento había aparecido para animar y lo impulsaba con fuerza hacia el horizonte.
Era la primera vez que Jorge se decidía a correr. El resto de los años participaba distribuyendo botellines de agua en la meta. Se trataba de un día muy reconfortante. Cómo camarero estaba habituado a servir a las personas, pero no había nada como recibir ese “gracias” entre jadeos que procuraban formar una sonrisa. La anterior temporada se preguntó qué impulsaba a dibujar muecas risueñas a esos vecinos que desayunaban siempre con el ceño fruncido.
Y aquí estaba Jorge, que no fue nunca un deportista, sintiéndose triunfador. Tenía la garganta seca y cada bocanada de aire le arañaba las entrañas. Sopesó unos segundos la situación y resolvió que podía parar un poco y continuar andando. Se sujetó la cabeza mareada con ambas manos; le ardían las orejas.
Al rato, volvió a comprobar que no tenía nadie en la cola y por miedo a perder el buen ritmo, echó de nuevo a correr.
Cualquier otro se habría alegrado al ver la bajada que dibujaba el sendero, pero el diecisiete, poniendo cabeza, se acordó de lo que supondría para sus rodillas y fue frenando. Cuando tropezó juzgó que su mal sino estaba escrito y no lo podía evitar por mucha atención que pusiese en el camino. Cayó de bruces y, amoldado a la pendiente, regaló una estruendosa risotada al monte. Había levantado tanto polvo que no veía nada. Escuchaba a las piedras que corrían mas rápidas que él. La cabecera de la carrera debía encontrarse muy lejos.
Sin animo de incorporarse, se acordó de ella. Cuando le dijo que este año participaría en la marcha, como era confiada le prometió recibirle en la meta. El diecisiete evocó su sonrisa, la ilusión que ella ponía en todo. Por ese motivo se levanto y siguió descendiendo.
Llegaron –al principio desde muy lejos- sonidos de risas, y a continuación, en todas las direcciones, tamborilereos y batir de palmas. Cada vez se oían más cerca. Rodeó la antigua fabrica de algodón y le sorprendió toda una multitud que celebraba la llegada de los deportistas.
Cruzó la meta. Era el último, pero eso no importaba. Ahí estaba su nieta que entre vítores se colgó de su espalda.
El numero diecisiete, en un valiente sprint, cojeó hasta alcanzar el puesto de refrescos. Allí le dedicó una enorme sonrisa al voluntario que lo atendía.